viernes, 11 de septiembre de 2009

LAS MUJERES COMPROMETIDAS CON EL EVANGELIO



¿Pensás que Pablo limitó la participación de las mujeres en las comunidades? ¿Por qué?

¿Pablo contrario a la participación de las mujeres?
Algunas personas se apoyan en Pablo para argumentar que la mujer debe estar callada en la comunidad y someterse al hombre. La misión de las mujeres se reduce a servir; quienes deciden son los hombres. Es cierto que en las cartas de Pablo hay textos que parecen justificar la superioridad del hombre sobre la mujer y el rol pasivo de éstas en las comunidades.

Por ejemplo: 1 Cor 11, 2-16; 14, 34-35; Ef 5, 21-24; 1 Tim 2, 9-15. Lea los textos y coméntelos.

No hay que olvidar que las primeras comunidades cristianas crecen en un ambiente patriarcal y machista, que margina a la mujer y le prohíbe participar en la vida pública. No debe extrañarnos que en cierto modo Pablo y sus comunidades reflejen la manera de pensar de su ambiente. Dentro de la cultura de aquel tiempo, no había lugar para la mujer. La función de la mujer estaba en el recinto interior de la casa, en la vida de la familia. Y ahí, de hecho, ella coordinaba, era la dueña de la casa. Por tanto, en la iglesia ella sólo podría tener lugar y participación, si la iglesia funcionase en el interior de las casas.

Ahora bien, las comunidades fundadas por Pablo se reunían en las casas del pueblo. Por eso son llamadas Iglesias Domésticas. En casi todas las iglesias domésticas mencionadas en las cartas de Pablo aparece el nombre de una mujer, en cuya casa la comunidad se reúne: en la casa de la pareja migrante Priscila y Aquila, tanto en Roma (Rm 16,5), como en Corinto (1 Cor 16, 19); en la de Filemón y Apia (Flp 2); en la casa de Lidia en Filipo (Hch 16, 15); en la casa de Ninfa en Laodicea, que llega a recibir una carta de Pablo, carta que no se ha conservado; en la casa de Filólogo y Julia, Nereo y su hermana y de Olimpas. Por tanto, a través de la creación de las iglesias domésticas, Pablo abrió espacio para que las mujeres pudieran ejercer la función de coordinadora en las comunidades.

Para valorar el alcance y la novedad de esta iniciativa de Pablo, conviene recordar lo siguiente. En aquel tiempo los judíos no permitían comunidades o sinagogas sólo de mujeres. Exigían que, como mínimo hubiera diez hombres, para que se pudiese formar una comunidad. Por esto no había sinagoga en Filipo, ya que allá había un grupo solamente de mujeres. Estas se reunían fuera de la ciudad para rezar (Hch 16, 13). Pablo tuvo el coraje de transgredir la costumbre de su propio pueblo y permitió que el grupo de mujeres de Filipo formase una comunidad (Hch 16, 13-15).

En estas recomendaciones, Pablo habla con toda naturalidad de mujeres que son diaconisa, colaboradora en Jesucristo o apóstol. Títulos y funciones importantes en la vida y organización de las comunidades. Son presentadas como personas que se fatigan por los demás en las comunidades. Las comunidades y el propio Pablo deben mucho a algunas de ellas, ya que le ayudaron y arriesgaron la propia vida por él. Las trata con cariño y las llama hermana, madre y compañera de prisión.

Pues bien, si Pablo fuese contrario a la participación de las mujeres y tuviera una imagen negativa de ellas, no las hubiera mencionado en sus cartas. Era evidente que estas mujeres tuvieron un protagonismo y liderazgo importante en sus comunidades y por eso Pablo está agradecido con ellas, las elogia y las recomienda a las comunidades. Son mujeres valientes que han compartido el sufrimiento de la cárcel, que han arriesgado su vida por él, que han ayudado al pueblo y que han asumido cargos y tareas importantes en la comunidad.

Lo importante es que en las cartas de Pablo hay otros textos donde el apóstol valora y reconoce el protagonismo de las mujeres en sus comunidades. Por ejemplo, en el final de la carta a los Romanos (Rm 16, 1-16), Pablo menciona, por lo menos, a diez mujeres:

“Les recomiendo a Febe, nuestra hermana, diaconisa de la comunidad de Cencrea. Ella ha ayudado a mucha gente y a mí también”. Probablemente uno de los tantos servicios que Febe prestó fue el de ser portadora de la carta de Pablo para la comunidad de Roma.
“Saludos para Priscila y Aquila, mis colaboradores en Jesucristo, que arriesgaron la propia cabeza para salvar mi vida”. Pablo agradece a los dos en nombre propio y en nombre de todas las comunidades del mundo pagano. Era en casa de este matrimonio donde se reunía la comunidad.
“Saludos para María, que trabajó mucho por ustedes”.
“Saludos para Andrónico y Junia, mis parientes y compañeros de prisión, apóstoles importantes”. Algunos manuscritos antiguos transformaron el nombre de Junia en Junio, tal vez porque les resultaba extraño que una mujer recibiera de Pablo el título de apóstol.
“Saludos para Trifena y Trifosa y para la querida Pérsida”. De las tres dice que se fatigaron mucho en el Señor.
“Saludos para Rufo y su madre que es la mía también”.
“Saludos para Filólogo y Julia, para Nereo y su hermana y para Olimpas”. Parece que la comunidad se reúne en su casa, pues Pablo añade: “y para todos los santos que están con ellos”.

Hoy, nadie en su sano juicio, pone en duda la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer. La sociedad ha avanzado mucho en este aspecto, aunque todavía hay mucho camino que recorrer. Muchas mujeres luchan por su derecho a participar en la vida pública y en la Iglesia. Si Pablo viviera hoy apoyaría estas luchas. Los textos citados no se pueden manipular para justificar algo que es contra el Evangelio de Jesús.

Por otra parte, se debe estudiar el conocido texto de Gál 3, 26-28; cuando Pablo dice “ya no hay hombre no mujer”, está planteando que en la comunidad ya no debe haber diferencias ni desigualdades, como las hay en la sociedad. Ni el judío es más que el griego, ni el libre más que el esclavo, ni el hombre es más que la mujer. Todos somos iguales, “uno en Cristo”. El machismo es contrario al ideal de Pablo.

El lado materno y femenino del lenguaje de Pablo
Para describir su trabajo en las comunidades, Pablo usa imágenes maternas y femeninas. Escribe a los Tesalonicenses: “Les tratamos con cariño, como madre que da calor a los hijos que amamanta” (1 Tes 2, 7). Y a los Gálatas: “Hijos míos, sufro nuevamente como dolores de parto hasta que Cristo sea formado en ustedes” (Gál 4, 19). Y a los Corintios: “Les di a beber leche, no alimento sólido, pues ustedes no podían soportarlo” (1 Cor 3, 2). “¿Seré menos amado justamente porque les dedico más amor?” (2 Cor 12, 15). Y a los Filipenses: “Dios es mi testigo de que les amo a todos con la ternura de Jesucristo” (Flp 1, 8). Y para describir el proceso doloroso de la renovación en curso, en el cual todo y todos estaban envueltos, escribe a los Romanos: “Sabemos que toda la creación gime y sufre dolores de parto hasta el presente. Y no solo ella, también nosotros que poseemos los primeros frutos del Espíritu, gemimos en nuestro interior, esperando la adopción, la liberación de nuestro cuerpo” (Rm 8, 22-23). El movimiento de las comunidades, doloroso y esperanzado, es comparado con una mujer embarazada, que lleva con cuidado el futuro hijo que va a nacer con dolores de parto.

En la carta a los Gálatas, Pablo enumera, por un lado, lo que él llama las obras de la carne (Gál 5, 22-23). Carne significa el ser humano en cuanto cerrado sobre sí mismo, sin apertura a Dios, entregado a las influencias de la ideología dominante. Espíritu significa el ser humano en cuanto abierto a Dios y a la nueva visión del mundo que nos fue revelada en Jesús. En nuestra lengua, la palabra carne es femenina; en hebreo, es masculino. En nuestra lengua, la palabra Espíritu es masculino, en el hebreo es femenina.

Ahora haga usted mismo la investigación y anote en la carta a los Gálatas: ¿cuántas de las obras de las obras de la carne enumeradas por Pablo en Gál 5, 19-21, son defectos típicamente masculinos? ¿Y cuántos de los frutos del Espíritu, citados en Gál 5, 22-23, son virtudes típicamente femeninas? El resultado de esta comparación es significativo.

La ternura y la atención cariñosa
Un libro apócrifo de los primeros siglos dice que, a la hora del martirio, al cortarle la cabeza a Pablo, en vez de sangre salió leche. Era el modo en que las comunidades recordaban la actitud materna y llena de ternura de Pablo con ellas.

Una pequeña muestra de esta relación cariñosa y amiga que había entre Pablo y las comunidades se trasluce en la despedida de los coordinadores de las comunidades de Éfeso. Después del discurso, según dice Lucas, “Pablo se arrodilló y rezó con ellos. Entonces todos comenzaron a llorar mucho; y echándose al cuello de Pablo lo besaban. Estaban muy tristes, principalmente porque había dicho que nunca más verían su cara. Y se fueron con él hasta el barco” (Hch 20, 36-38). Esta misma sensibilidad y ternura aparece en las cartas, sobre todo en la carta a los Filipenses, donde Pablo derrama la amistad que siente por aquella comunidad, inicialmente sólo de mujeres.

En una época en que la mujer no tenía voz frente al hombre, causa admiración el hecho de que Pablo, al hablar de una pareja amiga, coloque el nombre de la esposa antes del nombre del marido: “Priscila Y Aquila” (Rm 16, 3; “ Tm 4, 19). En la carta a los Corintios, sin embargo, dice “Aquila y Priscila” (1Cor 16, 19).

Pablo supo ser duro e inflexible en la defensa de los valores de la vida y del Evangelio, pero la dureza de la lucha no apegó en él la capacidad de ser un amigo cariñoso y acogedor, delicado y atento. No perdió la ternura.

Pablo y el matrimonio
En el momento de escribir la carta a los Corintios, Pablo no era casado (1 Cor 7, 8). Algunos piensan que era viudo. Otros dicen que su esposa se había separado de él (cf 1 Cor 7, 15-16). No lo sabemos. Pablo no estaba contra el matrimonio. ¡Al contrario! Había en aquel tiempo una teoría que prohibía el matrimonio. Pablo reaccionó con fuerza y la condenó como “doctrina demoníaca” (1 Tm 4, 1), como “hipocresía de mentirosos” (1 Tm 4, 2) y como “cuentos de viejas” (1 Tm 4, 7). Aun sin ser casado, defendía su derecho a tener una compañera (1 Cor 9, 5).

El hecho de no casarse él, tenía que ver con su manera de valorar y vivir su propia vocación y con su experiencia personal de Cristo (1Cor 7, 32). Tenía que ver también con su convicción de que en Cristo ya había llegado el fin de los tiempos (1 Cor 7, 29-31). Era urgente movilizar todo y a todos para la misión. Por eso mismo tiene el coraje de recomendar a las mujeres solteras que no se casen, sino que continúen en el estado que se encuentran (1 Cor 7, 27-28.33-34). Esta recomendación era contraria a las costumbres de la época. Casada, la mujer estaría presa al marido, dependiente de él todo él en todo (cf 1 Cor 11, 10), y no tendría condiciones concretas para dedicarse a la misión. No casada, estaría libre “para cuidar de las cosas del Señor y del modo de agradar al Señor” (1 Cor 7, 32).

Buscá Rm 16, 1-16. ¿Qué nos enseña este texto sobre la participación de las mujeres en las comunidades cristianas: sólo pueden asistir a las reuniones o deben tener funciones de liderazgo? ¿Por qué?

Leé y compará Gál 3, 26-28 con 1Cor 14, 34-35: ¿Qué dice Pablo en cada uno de estos textos? ¿A cuál de los dos textos debemos dar prioridad? ¿Podemos dar un valor absoluto al consejo que da a la comunidad de los corintios? ¿Por qué?

En la Iglesia, como comunidad del Pueblo de Dios, ¿qué tareas hacen las mujeres? ¿qué tareas hacen los hombres? ¿Por qué?

¿Quienes toman las decisiones en la Iglesia, comunidad del Pueblo de Dios, sólo los hombres, las mujeres o ambos?

¿A qué te ha invitado esta reflexión?

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