Mostrando entradas con la etiqueta Pablo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pablo. Mostrar todas las entradas

viernes, 29 de abril de 2011

LA INFLUENCIA DE PABLO EN VICENTE DE PAÚL Y LUISA DE MARILLAC



PARTE I

Un acercamiento rápido y sintético a la influencia de Pablo en la espiritualidad vicentina.

La cristología vicentina no tiene "otro fundamento que el ya puesto, Jesucristo" (1 Cor 3, 11), "el mismo ayer, hoy y siempre" (Hbr 13, 8). Para Vicente de Paúl, Jesucristo es la regla de la misión, es Jesús de Nazaret que, a la vez, es el Evangelizador de los pobres, el Enviado por el Padre, el Ungido por el Espíritu, el Salvador del mundo y el sumo y eterno Sacerdote.

En las Reglas a los misioneros, los misterios de la Trinidad y de la Encarnación no son presentados por Vicente de Paúl como objeto de estudio especulativo sino práctico; aparecen siempre como modelo de cualquier comunidad cristiana trabajadora, dialogante y única por el amor. El proyecto común trinitario de enviar al mundo a la segunda Persona lo comenta Vicente, escenificando delante de las Hijas de la Caridad el gesto solidario del Hijo de Dios con la humanidad:

"Cuando del Padre eterno quiso enviar a su Hijo al mundo, le propuso todas las cosas que tenía que hacer y padecer. Ya conocéis la vida de nuestro Señor, cómo estuvo llena de sufrimientos. Su Padre le dijo: "Permitiré que seas despreciado y rechazado por todos, que Herodes te haga huir desde tus primeros años, que seas tenido por un idiota, que recibas maldiciones por tus obras milagrosas; en una palabra, permitiré que todas las criaturas se pongan contra ti". Eso es lo que el Padre le propuso al Hijo, que le respondió: "Padre, haré todo lo que me mandes" (IX, 717-718).

Esta lectura de Vicente traduce la versión que el autor de la carta a los Hebreos nos transmite sobre la obediencia del Hijo de Dios, que dijo al entrar en el mundo: "Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo, pues de mí está escrito en el rollo del libro, a hacer, oh Dios, tu voluntad!" (Hbr 10, 5-7). Elige la obediencia por encima de todos los demás sacrificios. La alianza de Dios con el pueblo la rubricará Jesús con su sangre, dando testimonio de amor obediencial al Padre hasta la muerte y muerte en cruz (Flp 2, 8).

El anonadamiento o humillación -kénosis- del Verbo encarnado nada tiene que ver con una frustración sino con el modo de salvar al ser humano: inicia un movimiento de amor que culmina en la redención. El texto paulino a los Filipenses 2, 7-8 es utilizado como demostración de amor oblativo y redentor del Hijo unido a la voluntad del Padre, y de caridad con el hombre.

La mariología vicentina
María queda convertida en hija predilecta del Padre, en madre encumbrada del Hijo y en esposa virgen del Espíritu Santo cuando, “al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer... para que recibiéramos la filiación adoptiva” (Gal 4, 4-5).

La caridad compasiva y eficaz
Entre la encarnación y la redención de Jesucristo transita una vida cuajada de caridad, convertida en amor de obra al ser humano. Él es la bondad y filantropía (Tit 3, 4), o amor al ser humano por el ser humano de un Dios enamorado de la humanidad, de un “Dios misericordioso y de todo consuelo” (2 Cor 1, 3). La misión de Jesús autentifica ese amor aprendido en el seno trinitario.

Luisa de Marillac, aleccionada por el Espíritu del amor, escoge como escudo, con aprobación de su director (Vicente de Paúl), un corazón rodeado de llamas en el que destaca un crucifijo, con la divisa paulina algo transformada: “la caridad de Jesús crucificado nos apremia” (2 Cor 5, 14. Cf. SVP V, 511; VI, 413; VIII, 52. 243-244). La contemplación del escudo reavivaba en ella y en sus hijas el recuerdo de la redención de Jesucristo, para vivir, no para sí, sino para aquel que murió y resucitó por nosotros. Efectivamente, el espíritu de caridad de Jesús compasivo y misericordioso, hasta el extremo de morir en la cruz, apremia a los servidores y heraldos del Evangelio, hoy y siempre. De ahí brotan las súplicas ardientes del apóstol de la misericordia:

“Oh Salvador, no permitas que abusemos de nuestra vocación, ni quites de nosotros el espíritu de misericordia. ¿Qué sería de nosotros si nos retirases tu compasión? Concédenos ese espíritu de misericordia y compasión, llénanos de él, consérvanoslo, de forma que quienes vean a un misionero puedan decir: He aquí un hombre lleno de misericordia: Jesús, hombre y pontífice nuestro, toca en lo más vivo nuestros corazones, para que llenos del espíritu de compasión, al que estamos obligados, sirvamos a los más miserables, a los más abandonados y a los más hundidos en miserias corporales y espirituales, librándolos de ellas en todo o en parte, ya que la mano tiene que hacer todo lo posible para conformarse con el corazón” (XI, 234. 771).

Como cristiano, Vicente de Paúl cifra la santidad en la mística del bautismo, siguiendo la doctrina de Pablo a los Romanos 6, 1-11. El bautismo, precisamente, del que dimana la caridad del Espíritu, concentra ese programa de santidad que alienta el deseo de vivir y morir con Cristo Jesús. Tal fue la doctrina que enseñó, sin interrupción, desde 1635 a su primer y fiel compañero A. Portail y al resto de los cristianos:

“Acuérdese de que vivimos en Jesucristo por la muerte en Jesucristo, y que hemos de morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo, y que nuestra vida tiene que estar oculta en Jesucristo y llena de Jesucristo, y que para morir como Jesucristo, hay que vivir como Jesucristo” (I, 320).

Como misionero, hace consistir la santidad en el seguimiento de Jesús evangelizador de los pobres, siendo instrumento de la compasión y misericordia del Hijo de Dios. Incluso, cuando el misionero hace votos, ratificando su entrega a Dios, sólo aspira a vivir las exigencias bautismales, ya que aquéllos “obran en nosotros lo que había obrado el bautismo” (XI, 642), y “Nuestro Señor, al ser enviado por su Padre al mundo para hacer una misión y convertir a los hombres, quiso servirse de las armas contrarias del mundo para apartarlos de sus manos y conquistarlos para Dios, su Padre” (XI, 638).

La enseñanza a los Gálatas 4, 4 y la experiencia personal le enseñan a Vicente de Paúl a ser acompañante fiel de la Providencia, sin retrasarse ni adelantarse a ella, escrutando atento a las necesidades de los tiempos. El 6 de diciembre de 1658 dejaba caer, como una sentencia, esta imperiosa exhortación:

“Miremos siempre las cosas tal como son, como obras de Dios, que Dios nos ha confiado, sin que nosotros nos hayamos metido en ninguna de ellas ni hayamos contribuido por nuestra parte en lo más mínimo a encargarnos de ellas. El nos las ha dado, o aquellos en quienes reside el poder, o la pura necesidad, que son los caminos por los que Dios nos ha comprometido en estos designios. Por eso todo el mundo piensa que esta Compañía es de Dios, porque se ve que acude a las necesidades más apremiantes y más abandonadas” (XI, 395-396).
Sin contradecir la Providencia, pese al abandono que ella implica en el Padre, Jesús no quiso eximirse de la ley general del trabajo: comía con el sudor de su frente y el esfuerzo de sus brazos. De esta forma atestiguaba la unión íntima que reinaba entre Él y quien le había enviado: “Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo” (Jn 5, 17). Los evangelios de san Juan y de san Lucas y los ejemplos de san Pablo, que trabajaba con sus manos haciendo tiendas para no ser gravoso a la comunidad (2 Tes 3, 8), prestan a Vicente las palabras y las consideraciones principales sobre el trabajo.

“Amemos a Dios, hermanos míos, amemos a Dios, pero que sea con el esfuerzo de nuestros brazos y con el sudor de nuestra frente, pues tantos actos de amor, de complacencia, benevolencia y otros sentimientos, ejercicios de un corazón amante, aunque óptimos y muy de desear, son sin embargo sospechosos, si no conducen a la práctica del amor efectivo” (XI, 40).

El Salvador del mundo. A Jesús, le pertenece por naturaleza y nombre el título de “Salvador”, que le corresponde como al Mesías. Así es, porque el Enviado del Padre y Ungido por el Espíritu consuma su misión salvando al mundo. Para eso bajó del cielo a la tierra: para salvar a la humanidad perdida. La Escritura lo pone de relieve en sus páginas. San Lucas y san Pablo, ambos compañeros de fatigas apostólicas, se distinguen por atribuir ese título a Jesús. Según el apóstol de los gentiles, quien salva es Dios Padre por su Hijo, muerto por nuestros pecados (Cf. Ef 5, 23; Flp 3, 20; 2 Tim 1, 10; Tt 1, 4; 3, 6).

La mística de Vicente de Paúl. La atención al pobre nada quita al amor de Dios ni a su gloria. Pero ¿qué amor tiene el primado? Vicente responde (30 de mayo, 1659):

“Sabemos que en el amor a Dios y al prójimo están contenidos la ley y los profetas. Todo se refiere a esto, todo tiende hacía ahí. Y ese amor tiene tanta fuerza y tal preferencia, que quien lo posea, cumple la ley de Dios, que en ese amor se recapitula, el mismo amor que nos induce a hacer todo cuanto Dios quiere de nosotros, pues quien ama al prójimo ha cumplido la ley (Rom 13, 8)” (XII, 260-261).

El primado de la acción caritativa consiste en que ella contiene el amor de Dios y del prójimo, y aun el amor del prójimo como fundamento del progreso del amor de Dios. Otras espiritualidades privilegian la contemplación del Verbo Encarnado, la adoración. Vicente de Paúl organiza la espiritualidad del ritmo del mundo por la vía de las aplicaciones existenciales.

El primado de la acción caritativa se funda en la ley de la Encarnación, que es la vía de las actuaciones del ser humano.

“La caridad no mira sólo, dice Vicente, al amor para con Dios, sino al amor del prójimo por amor de Dios, nótese, por amor de Dios. Eso es tan alto, que la mente humana no puede comprenderlo. Una luz de lo alto tiene que elevarnos y hacernos ver la altura y profundidad, magnitud y excelencia de este amor. Santo Tomás plantea este problema: ¿Quién merece más, el que ama a Dios y descuida al prójimo, o el que ama al prójimo por amor de Dios?... Y concluye que es más meritorio amar al prójimo por amor a Dios, que amar a Dios sin atender al prójimo. Y da una prueba que parece paradójica: Penetrad, dice, en el corazón de Dios y abarcad todo el amor; no será lo más perfecto, pues la perfección de la ley consiste en amar a Dios y al prójimo” (XII, 261).
Caridad es, pues, entrar en los sentimientos de Cristo, en su espíritu y actos (Cfr. XII, 107). Amar no es sólo estar en Jesucristo; es además acometer sus empresas.

“El celo es lo que hay de más puro en el amor de Dios... Las virtudes meditadas y no practicadas son más perjudiciales que útiles” (VII, 363).

La relación Cristo-Cuerpo místico, según experiencia del apóstol san Pablo, embarga por completo a Vicente: “Cristo es quien ha dado diversos dones a los hombres: ha hecho apóstoles a unos, a otros profetas, evangelistas a otros, a otros pastores y maestros. Así es como prepara al pueblo de Dios para el servicio que debe prestar. Y así construye el cuerpo de Cristo, hasta que todos juntos lleguemos a la unidad con la misma fe y el mismo conocimiento del Hijo de Dios; hasta que lleguemos a ser hombres perfectos, dignos de la infinita grandeza de Cristo que llena el universo (Ef 4, 11-13).

El Cristo de Vicente no es el modelo según la Imitación, sino el que está presente en la historia de los pobres. El impulso inferior es, pues, la visión global de la Iglesia en relación con la persona de Jesucristo y en relación con los pobres. Ningún ser humano puede ser amado por sí mismo: el fundamento del amor al prójimo es Dios, que fue el primero en amarnos (en el espíritu de Vicente, Dios y el prójimo son inseparables XI, 221; XII, 262).

¡Qué negocio tan importante éste de revestirse del espíritu de Cristo! (XI, 410), centro y culmen de la influencia paulina en la espiritualidad vicentina.

Procuran con todas sus fuerzas revestirse del espíritu del mismo Cristo (C 1).
Hay que revestirse del espítitu de Cristo es una exhortación que san Vicente repitió con frecuencia. Pero ¿en qué consiste el espíritu de Cristo? El mismo san Vicente se hizo la pregunta y él mismo dio la respuesta en la conferencia del 13 de diciembre de 1658 (cf. XI, 411-415). El espíritu de Cristo es el Espíritu Santo derramado en los corazones de los justos y que habita en ellos... les da las disposiciones e inclinaciones que Jesucristo tenía en la tierra... para permitirles actuar, ni digo con la misma perfección, pero sí según la medida de los dones de este divino Espíritu. Es fácil ver en este texto de san Vicente lo que es el espíritu de Cristo, lo que aporta al que lo tiene y la finalidad de su presencia en el alma del justo.

Cabe la pregunta: ¿Cuáles son las disposiciones e inclinaciones de Jesús que su espíritu crea en la persona misionera? En la carta que escribió a un misionero dedicado a la formación de los aspirantes al sacerdocio: ¡Qué feliz es usted, padre, por servir de instrumento en manos de nuestro Señor para formar buenos sacerdotes... Con eso desempeña usted el oficio del Espíritu Santo, que es el único al que pertenece iluminar y encender los corazones ; o mejor dicho, es ese Espíritu Santo y Santificador el que actúa por medio de usted, ya que mora y obra en usted mismo, no sólo para hacerle vivir de su vida divina, sino también para restablecer su misma vida y sus operaciones en esos señores, llamados al ministerio más alto que existe en la tierra, por el que tienen que ejercer las dos grandes virtudes de Jesucristo, a saber, la religión para con su Padre y la caridad para con los hombres (VI, 370).

La “religión para con el Padre” se traduce en las Constituciones (art. 6) como amor y estima al padre, conforme a lo que san Vicente enseñó en la conferencia antes citada del 13 de diciembre de 1658.

De las muchas veces que san Vicente habló sobre la caridad de Jesús para con el Padre y para con la gente, podemos señalar que la caridad de Jesús era la misma caridad del Padre, compasiva y eficaz, tal y como se expone en el art. 6 de las Constituciones.



Anexo:
Extracto de la conferencia del 13 de diciembre de 1658.

Así pues, la regla dice que, para hacer esto, lo mismo que para tender a la perfección, hay que revestirse del espíritu de Jesucristo. ¡Oh Salvador! ¡Oh padre! ¡Qué negocio tan importante éste de revestirse del espíritu de Jesucristo! Quiere esto decir que, para perfeccionarnos y atender útilmente a los pueblos, y para servir bien a los eclesiásticos, hemos de esforzarnos en imitar la perfección de Jesucristo y procurar llegar a ella. Esto significa también que nosotros no podemos nada por nosotros mismos. Hemos de llenarnos y dejarnos animar de este espíritu de Jesucristo. Para entenderlo bien, hemos de saber que su espíritu está extendido por todos los cristianos que viven según las reglas del cristianismo; sus acciones y sus obras están penetradas del espíritu de Dios, de forma que Dios ha suscitado a la compañía, y lo veis muy bien, para hacer lo mismo. Ella siempre ha apreciado las máximas cristianas y ha deseado revestirse del espíritu del evangelio, para vivir y para obrar como

_______________________
20 Lc 10,40-41

vivió nuestro Señor y para hacer que su espíritu se muestre en toda la compañía y en cada uno de los misioneros, en todas sus obras en general y en cada una en particular.
Pero ¿cuál es este espíritu que se ha derramado de esta forma? Cuando se dice: “El espíritu de nuestro Señor está en tal persona o en tales obras” 21, ¿cómo se entiende esto? ¿Es que se ha derramado sobre ellas el mismo Espíritu Santo? Sí, el Espíritu Santo, en cuanto su persona, se derrama sobre los justos y habita personalmente en ellos. Cuando se dice que el Espíritu Santo actúa en una persona, quiere decirse que este Espíritu, al habitar en ella, le da las mismas inclinaciones y disposiciones que tenía Jesucristo en la tierra, y éstas le hacen obrar, no digo que con la misma perfección, pero sí según la medida de los dones de este divino Espíritu.
Pero ¿qué es el espíritu de nuestro Señor? Es un espíritu de perfecta caridad, lleno de una estima maravillosa a la divinidad y de un deseo infinito de honrarla dignamente, un conocimiento de las grandezas de su Padre, para admirarlas y ensalzarlas incesantemente. Jesucristo tenía de él una estima tan alta que le rendía homenaje en todas las cosas que había en su sagrada persona y en todo lo que hacía; se lo atribuía todo a él; no quería decir que fuera suya su doctrina, sino que la refería a su Padre: Doctrina mea non est mea, sed ejus qui misit me Patris 22. ¿Hay una estima tan elevada como la del Hijo, que es igual al Padre, pero que reconoce al Padre como único autor y principio de todo el bien que hay en él? Y su amor, ¿cómo era? ¡Oh, qué amor! ¡Salvador mío, cuán grande era el amor que tenías a tu Padre! ¿Podía acaso tener un amor más grande, hermanos míos, que anonadarse por él? Pues san Pablo, al hablar del nacimiento del Hijo de D;os en la tierra, dice que se anonadó 23 ¿Podía testimoniar un amor mayor que muriendo por su amor de la forma en que lo hizo 24 ¡Oh, amor de mi Salvador! ¡Oh, amor! ¡Tú eras incomparablemente más grande que cuanto los ángeles pudieron comprender y comprenderán jamás!

_______________________
21 Rom 5,5; 8,11.
22 Jn 7,16.
23 Flp 2,17.
24 Jn 15,13.
Sus humillaciones no eran más que amor; su trabajo era amor, sus sufrimientos amor, sus oraciones amor, y todas sus operaciones exteriores e interiores no eran más que actos repetidos de su amor. Su amor le dio un gran desprecio del mundo, desprecio del espíritu del mundo, desprecio de los bienes, desprecio de los placeres y desprecio de los honores.
He aquí una descripción del espíritu de nuestro Señor, de]. que hemos de revestirnos, que consiste, en una palabra, en tener siempre una gran estima y un gran amor de Dios. Jesucristo estaba tan lleno de él que no hacía nada por sí mismo ni por buscar su satisfacción: Quae placita sunt ei, facio semper 25; hago siempre la voluntad de mi Padre; hago siempre las. acciones y las obras que le agradan. Y lo mismo que el Hijo eterno despreciaba el mundo, los bienes, los placeres y los honores, por ser ésa ]a voluntad del Padre, también nosotros entraremos en su espíritu despreciando todo eso como él.
Así pues, hermanos míos, hemos de trabajar en la estima de Dios y procurar concebir un aprecio de él muy grande. ¡Oh hermanos míos! Si tuviésemos una vista tan sutil que penetrásemos un poco en lo infinito de su excelencia, ¡Oh Dios mío, oh hermanos míos qué sentimientos tan altos sacaríamos! Diríamos, como san Pablo, que ni los ojos vieron, ni los oídos oyeron, ni el espíritu comprendió nada semejante 26. Es un abismo de dulzura, un ser soberano y eternamente glorioso, un bien infinito que abarca todos los bienes; todo es allí inabarcable. Pues bien, el conocimiento que de él tenemos, y que está por encima de todo entendimiento, debe bastarnos para apreciarlo infinitamente. Y este aprecio tiene que hacernos anonadar en su presencia y hacernos hablar de su suprema majestad: con un gran sentimiento de humildad, de reverencia y de sumisión; y a medida que lo vayamos apreciando, lo amaremos más; y ese aprecio y ese amor nos darán un deseo continuo de cumplir siempre su santa voluntad, un cuidadoso esmero por no hacer nada en contra suya y un gran alejamiento de las cosas de la tierra, despreciando todos sus bienes.
Dios mío, conserva en nuestros corazones una santa aversión de los bienes y placeres perecederos, que no los busque-

_______________________
25 Jn 8,29
26 1 Cor 2,9

mos nunca y evitemos con cuidado las propias satisfacciones en donde la naturaleza se introduce imperceptiblemente, como es el querer que los demás se acomoden a nosotros, que todo nos salga bien, que todo nos sonría. ¡Oh Salvador, enséñanos a poner todo nuestro gusto en ti, a amar lo que tú has amado y complacernos en lo que a ti te complace!
¡Dios mío!, la necesidad nos obliga a poseer bienes perecederos y a conservar en la compañía lo que Dios le ha dado; pero hemos de aplicarnos a esos bienes lo mismo que Dios se aplica a producir y a conservar las cosas temporales para ornato del mundo y alimento de sus criaturas, de modo que cuida hasta de un insecto; lo cual no impide sus operaciones interiores, por las que engendra a su Hijo y produce al Espíritu Santo; hace éstas sin dejar aquellas. Así pues, lo mismo que Dios se complace en proporcionar alimento a las plantas, a los animales y a los hombres, también los encargados de este pequeño mundo de la compañía tienen que atender a las necesidades de los particulares que la componen. No hay más remedio que hacerlo así Dios mío; si no, todo lo que tu providencia les ha dado para su mantenimiento se perdería, tu servicio cesaría y no podríamos ir gratuitamente a evangelizar a los pobres.
Permite, pues, Dios mío, que, para seguir trabajando por tu gloria, nos dediquemos a la conservación de lo temporal, pero que esto se haga de forma que nuestro espíritu no se vea contaminado por ello, ni se lesione la justicia, ni se enreden nuestros corazones. Oh Salvador, quita el espíritu de avaricia de la compañía, dale sólo lo que baste para las necesidades de la vida y mira por ella, Señor, lo mismo que miras por todos los pueblos de la tierra y por los animales más pequeños, con una atención general y particular, sin que esas obras exteriores te aparten un solo instante de esas operaciones eternas y admirablemente fecundas que tienes en tu interior. Que los superiores y encargados de la compañía hagan lo mismo, dedicándose con vigilancia y esmero a sus tareas, proporcionando a todo el cuerpo y a cada miembro lo que le conviene, sin apartarse de la vida interior y de la unión cordial que deben tener contigo.
En cuanto a los honores, Dios mío, líbranos de ese humo del infierno, aleja de nosotros esa ambición condenable que echó a los ángeles del paraíso y que convirtió a los hombres en demonios; ese deseo insaciable de honores que le hace a uno tener una buena opinión de sí, de todo lo que hace, que origina el desprecio a los demás y lleva al soberbio a elevarse como un dragón. Es un monstruo sutil y venenoso, que se cuela por todas partes, y que infecta con su aliento emponzoñado a las almas más recogidas. Ese demonio está siempre rondando a]rededor de ]as comunidades y de las personas que están más cerca de la santidad, intentando devorarlas 27; a esas es a las que busca especialmente el demonio, para llenarlas de propia estima y satisfacción y que les vaya costando cada vez más someterse, para reducirlas finalmente a que no sigan más que sus falsas luces, y hacerlas caer luego en algún precipicio. Qué desgracia! ¡Que desgracia tan grande!
Bien, hermanos míos, esto es lo que tenía que deciros en general sobre el espíritu de Jesucristo; nos queda ahora hablar con mayor detalle sobre lo que dice la regla en concreto; pero, como ha pasado la hora, me contentaré con deciros que esta estima y amor de Dios, y la conformidad con su santa voluntad, y el desprecio del mundo y de nosotros mismos, que hemos de imitar en Jesucristo para revestirnos de su espíritu, no podrá mostrarse mejor en cada uno de nosotros que por medio de la práctica de las virtudes que más brillaron en nuestro Señor cuando vivió sobre la tierra, esto es, las que están comprendidas en sus máximas, en su pobreza, castidad y obediencia, en su caridad con los enfermos, etcétera; de forma que, si nos ponemos a imitar a nuestro Señor en la práctica de todo esto, según señalan ]as otras reglas, hemos de esperar que quedaremos revestidos de su espíritu.
¡Quiera Dios concedernos ]a gracia de conformar toda nuestra conducta a su conducta y nuestros sentimientos con los SU)705, qué él mantenga nuestras lámparas encendidas en su presencia 28 y nuestros corazones atentos siempre a su amor y dedicados a revestirse cada vez más de Jesucristo de la forma que os acabo de decir! Todos los bautizados están revestidos de su espíritu, pero no todos realizan las obras debidas. Cada

_______________________
27 1 Pe 5,8.
28 Lc 12 35.

uno tiene que tender, por consiguiente, a asemejarse a nuestro Señor, a apartarse de las máximas del mundo, a seguir con el afecto y en la práctica los ejemplos del Hijo de Dios, que se hizo hombre como nosotros, para que nosotros no sólo fuéramos salvados, sino también salvadores como él; a saber, cooperando con él en la salvación de las almas.
Acordémonos, padres y hermanos míos, de que no conseguiremos esta felicidad y este honor, si no nos esforzamos en conservar la santa unión que os hemos recomendado tanto; para eso, hay que emplear los medios que os hemos señalado, especialmente la estima y el respeto mutuo entre nosotros, y sobre todo la santa humildad y la huída de toda crítica y maledicencia. Pero en vano nos esforzaremos en gozar de este bien, si no nos ayuda el mismo Dios. ¿Queréis, hermanos míos, que le pidamos ahora que nos conceda esta gracia y que mañana hagamos todos la oración para animarnos en este deseo de parecernos a él en nuestros pensamientos, palabras y acciones, y practicar finalmente todo lo que acabo de recomendaros? No dudo de que ya estáis dispuestos a hacerlo así, pero hay que robustecerse en esta resolución por medio de frecuentes oraciones y nuevos propósitos. Si Dios ha querido proponernos todo esto, no dejará de ser fiel a su promesa, pues él mismo dijo que haríamos las obras que él hizo, y todavía mayores 29. Y esto es lo que puedo deciros, por ahora, sobre la explicación de esta regla y de la anterior.



II PARTE

Ef 4, 17 – 5, 20


1. Conformarse en grupos de 5 personas máximo.

2. Estudiar y meditar el texto:
Lectura del texto, dos más veces, luego repetirlo con las propias palabras.
Estudio y meditación del texto: Cualidad del texto, lenguaje, estilo, género literario, división interna, contenido, detalles. Autor, para quién, por qué les escribió, qué escribió, cómo escribió, desde dónde y cuándo escribió.
Situación de la comunidad: contexto de la comunidad y del pueblo, posibles conflictos que provocara el texto. La situación económica, social, política, ideológica, religiosa, antropológica, psicológica. (Consultar textos)

3. Escuchar el mensaje de la Palabra de Dios: ver como el texto toma partido en los conflictos de la época y como puede hacerlo en la actualidad. Mensaje del texto de Pablo para la comunidad de aquellos tiempos y ahora para nuestra comunidad cristiana. Buscar que todo lo que se ha descubierto sea un espejo y nos permita comparar el ayer y el hoy, utilizando las siguientes preguntas:
¿Qué significa para Pablo vivir como los paganos y tener oscuro el entendimiento? ¿Vives tú como los paganos? ¿Es la verdad de Jesucristo el criterio fundamental de tu vida o vives una vida doble? ¿Qué relación tiene lo que dice Pablo sobre la verdad y la virtud vicentina de la sencillez? ¿Qué te dice la expresión de Pablo: “Despierta, tú que duermes; levántate de entre los muertos, y Cristo te alumbrará? ¿Qué te ha suscitado este texto?

4. Celebrar la Palabra: Utilizar la creatividad del grupo, de tal forma que se acentúe plenamente el sentido del texto, su actualización y el compromiso que deja.

lunes, 12 de octubre de 2009

PABLO Y LAS COMUNIDADES CRISTIANAS



¿Dónde se reunían las primeras comunidades cristianas? ¿Quiénes formaban parte de las comunidades? ¿Qué hacían?

Comunidades domésticas “abiertas”
Como fruto de la misión de Pablo y de otras personas, surgieron muchas comunidades en los pueblos y en las grandes ciudades del Imperio Romano.

Basándonos en lo que J. Becker expone en su libro Pablo, apóstol de los paganos, un primer dato que encontramos es que las comunidades cristianas no mantienen una relación directa con el Templo, símbolo de la unidad en el judaísmo, sino que se reúnen en las casas de algunas familias (Rm 16, 5; 1 Cor 16, 19).

Ahora bien, ¿quiénes formaban parte de las comunidades? Al parecer, en las comunidades cristianas participaban gente pobre y también personas acomodadas de los estratos intermedios (1 Cor 1, 26-27). Son comunidades “abiertas” a todas las personas. Es decir, no ponen como condición para ingresar ningún requisito cultural ni económico.

Para Pablo el rasgo fundamental de la comunidad es la unidad. Ahora bien, ¿es posible la unidad en una sociedad que marca fuertes diferencias entre hombres y mujeres, esclavos y libres, griegos y judíos, ricos y pobres? Según Becker, las comunidades de Pablo, abiertas a todas las personas, hacían un gran “esfuerzo de integración”. El énfasis de Pablo es que unirse a Cristo significa echar abajo las diferencias, todas las personas tienen la misma dignidad, todos somos uno en Cristo (Gál 3, 26-28). En la comunidad ya no deben existir desigualdades ni divisiones entre ricos y pobres, hombres y mujeres, judíos y griegos. Este ideal se expresa mediante la comunión de bienes y la solidaridad (1 Cor 16, 1-3).

Comunidades cristianas comprometidas
¿Cómo se relacionaban las comunidades cristianas con el mundo que les rodea? En el tiempo de Pablo pensaban que era inminente el fin de los tiempos (1 Cor 7, 29). Esto hizo que algunas comunidades, como la de Tesalónica, se desentendieran de la vida y el trabajo; Pablo les llama a asumir sus compromisos cotidianos (1 Ts 5, 1-22).

El culto a diversas divinidades y las doctrinas extrañas eran muy frecuentes en el mundo helenístico-romano. En este aspecto es muy claro que las comunidades rechazan y no toleran la idolatría y todas las prácticas derivadas de la misma (1 Cor 10, 14-22). Aunque rechazan el culto a las divinidades, aceptan a las autoridades del imperio. Pablo recomienda cumplir con los deberes de la sociedad (Rm 13, 1-7), pero al mismo tiempo exige de la comunidad una conducta ejemplar con los demás, no sólo dentro sino fuera de la comunidad (1 Ts 4, 9-12; Flp 4, 8-9; Gál 6, 10). No es del todo justo decir que las comunidades de Pablo no tenían una actitud crítica ante el imperio, a este respecto Becker afirma que la comunidad cristiana “pretendía evangelizar y hacer cambiar a las personas, pero no se tenía una idea de cómo debía ser un Estado y su sociedad”.

Las comunidades cristianas en el Imperio Romano
“Para caracterizar los estratos sociales del Imperio Romano en la época postaugustana, lo mejor es representar la pirámide dividida en tres partes. La cúspide la ocupaba el estamento romano de los senadores, seguido inmediatamente del estamento ecuestre… Este pequeño grupo gozaba hereditariamente de inmensos privilegios. Acumulaban la riqueza, el poder y la educación. El cristianismo paulino no había entrado aún en ese primer estamento.

La amplia base de la pirámide estaba compuesta por la gran masa de los no propietarios, los esclavos, los mercenarios, los pequeños artesanos, los agricultores, etc… Entre el estamento superior y el inferior encontramos la capa media que, promovida por medidas imperiales, ocupaba sobre todo los suburbios y había alcanzado un relativo bienestar con el comercio, la producción o la prestación de servicios. Cuando Pablo evangelizaba las ciudades, se relacionaba sobre todo con esta pequeña burguesía y con el estamento urbano inferior. Dejó de lado la población rural porque centró su actividad en las ciudades helenísticas” (Becker).

Las comunidades cristianas frente al Imperio Romano
“Este cristianismo primitivo no llegaba con ningún programa para cambiar el mundo. No se propuso resolver el problema de los esclavos, construir una sociedad basada en la justicia social, recomendar una distribución del poder político, liberar a los grupos oprimidos, desencadenar debates generales sobre los derechos humanos. Ya la esperanza en el inminente fin del mundo cerraba esas perspectivas… No podemos transferir a la antigüedad los debates político-sociales que tienen vigencia desde la época de la Ilustración. Sin embargo, esto representa sólo una cara de la moneda.

Como el cristianismo era una oferta hecha a todos los habitantes de la ciudad, eso significaba que en una casa cristiana se reunían todos, muchos de ellos sin haber mantenido antes, o apenas, relaciones entre sí: pobres y acomodados, esclavos y libres, mujeres y hombres, griegos y orientales, gente de diversas profesiones, etc. Estamos así ante la tarea decisiva de estas comunidades domésticas… Se trata de una tarea que no tiene equivalente en ninguna otra comunidad religiosa de la antigüedad, ya que esas comunidades practicaban la selección social y profesional. Aquí tuvo, pues, el cristianismo una tarea especialmente llamativa” (Becker).



Las comunidades cristianas y la casa
“La casa de la antigüedad como recinto donde vive la familia pasó a ser el centro de la comunidad local, el lugar de reunión para el culto divino, alojamiento para misioneros y enviados, foco de irradiación misionera y marco para la nueva vida cristiana. La casa de la antigüedad, gobernada por el padre de familia, era el elemento decisivo de la ciudad y del Estado del Imperio Romano. La familia era el único entramado social que conoció la antigüedad. La casa solía ser también fundamental para la economía, porque allí se producía lo que era la base del sustento de la familia… De ahí que fuera una opción especialmente afortunada la que hizo el cristianismo cuando eligió la casa como base de su difusión” (Becker).

La Iglesia universal
“La comunidad local entendida como un colectivo ligado a la casa y que se reúne en ella no debe hacernos pensar en la existencia de numerosas comunidades domésticas que formaran una asociación privada y limitaran sus actividades y relaciones a su propio ámbito local. La comunidad local estaba presidida por una conciencia eclesial totalizante y un sentimiento de unidad... Esto ocurrió sobre todo porque Pablo dio a todos las comunidades el mismo testimonio sobre Cristo e introdujo el bautismo y la cena del Señor en las comunidades.

Pero no se limitó a esto, sino que confió a la comunidad la responsabilidad de toda la Iglesia. Así Filipos apoyó financieramente la misión paulina. Las comunidades acogían temporalmente a otros misioneros; pero, sobre todo, las comunidades enviaban colaboradores a la misión o hacían una colecta para Jerusalén. Hay, pues, suficientes indicios concretos de que Pablo esperaba que las comunidades participaran activamente en la construcción de la comunidad escatológica a escala mundial. Estas indicaciones, entre otras, sobre la promoción que hizo Pablo de una Iglesia universal no pueden extrañar en él, porque fue el primer teólogo del cristianismo primitivo que desarrolló una concepción unitaria de la Iglesia” (Becker).

La liturgia en las comunidades de Pablo
Las comunidades de Pablo celebran la liturgia en sus casas. No hay objetos de culto, vestidos y preparativos rituales, como tampoco existe una separación entre la liturgia y la vida, que gira en torno al bautismo y la eucaristía.

El bautismo lo administraban miembros de la comunidad y misioneros (1 Cor 1, 11-16), “en el nombre de Jesús” (1 Cor 6, 11); por el bautismo, el creyente se incorpora al “cuerpo de Cristo” (1 Cor 12, 13; Gál 3, 26-28); recibe los dones del Espíritu Santo (1 Cor 6, 11) y, en consecuencia, debe dejar atrás el pasado y emprender “una nueva vida” (Rm 6, 1-4). En el acto del bautismo, el creyente hacía una profesión de fe ante la comunidad con una fórmula semejante a Rm 10, 9.

La vida litúrgica de las comunidades gira, sobre todo, en torno a la eucaristía (1Cor 11, 23-27). Parece que las comunidades de Corinto, antes de la eucaristía, hacían una comida ordinaria. A ellos se refiere Pablo cuando las personas acomodadas de la comunidad se comían todo y dejaban sin nada a los esclavos y asalariados (1Cor 11, 17-22): “Esta ya no es la cena del Señor” afirma Pablo, porque han roto el signo fundamental: la comunión de los fieles. Donde no hay justicia y unidad no puede haber eucaristía.

En algunas cartas de Pablo podemos encontrar profesiones de fe (1 Cor 8, 6), himnos (Flp 2, 6-11), acción de gracias (1 Cor 1, 4-7; Flp 1, 3-6) que nos dan una idea de la liturgia de la palabra en sus comunidades.

Los ministerios en la comunidad de Pablo
Las comunidades de Pablo se reúnen en asambleas generales cuando surgen asuntos importantes (Hch 15, 6; 1 Cor 5, 4-5; Gál 2, 11-14). Las comunidades no tienen una organización jerárquica, sino ministerial. Pablo describe la comunidad como un “cuerpo” donde todos sus miembros tienen una tarea y una sola cabeza: Cristo. Como afirma Becker, las tareas o ministerios pertenecían a la comunidad, no a una persona determinada, y los podían desempeñar una o varias personas, turnándose unas a otras. Pablo da especial importancia a los carismas de misión, sólo en segundo término habla del carisma de gobierno o dirección de las comunidades (1 Cor 12, 27-30).

Parece que algunos miembros de la comunidad de Corinto tenían especial predilección por el don de lenguas, quizá por ser más espectacular y llamativo. Pablo sin embargo advierte que prefiere el don de la profecía porque su mensaje se entiende y “edifica a toda la comunidad” (1 Cor 14, 4) y, sobre todo, enseña que el don principal es la caridad (1 Cor 13, 1-13). Sin la práctica concreta del amor solidario, todos los demás carismas pierden su sentido.

Los ministerios y la organización de las comunidades
El hecho de que Pablo desarrollara en sus comunidades una conciencia de Iglesia universal no implica que Pablo organizara una autoridad central. Como afirma J. Comblin (Pablo: trabajo y misión) , para Pablo “no había organización alguna de todos los cristianos en dependencia de una autoridad central... Para unir a todos los cristianos bastaba con Cristo y el Espíritu, el bautismo y la cena del Señor”.

Esto no quiere decir, por otra parte, que las comunidades fueran anárquicas. Por supuesto que había personas que “presidían” cada comunidad. ¿Qué hizo Pablo para organizar las comunidades? A este respecto Becker afirma: “Nos consta, ante todo, lo que no hizo: no creó cargos locales ni provinciales para declinar en ellos su responsabilidad. Determinadas tareas en la comunidad son asumidas por personas concretas y éstas debían ser respetadas (Rm 12, 6-13; 1 Cor 12, 28; 1 Tes 5, 12-13); pero las tareas pertenecían a la comunidad y podían desempeñarlas una persona o varias, o relevándose unas a otras... Cada comunidad es la única responsable de todo. No es una parte de la Iglesia, sino el cuerpo íntegro de Cristo” (Becker).

Carismas
En sus cartas Pablo nos dice que los carismas son dones del Espíritu Santo “para provecho común” (1 Cor 12, 7). Cuando Pablo hace ver a la comunidad de Corinto que prefiere el don de profecía al don de lenguas, el argumento es muy claro: “el que habla lenguas se edifica a sí mismo, pero el que profetiza edifica a toda la comunidad” (1Cor 14, 4). Los carismas no son privilegios para sobresalir, sino servicios para edificar la comunidad; por eso el principal carisma es el amor (1 Cor 13, 1).

Durante los viajes, Pablo mantenía contacto con las comunidades a través de mensajeros (cf. Col 4, 10; 1 Cor 1, 11; 16, 12-17; 1 Tes 3, 2-6), y a partir del segundo viaje, también lo hacía a través de cartas. Pedía que sus cartas fueran leídas en las reuniones de la comunidad (1 Tes 5, 27) y que fuesen enviadas también a las demás comunidades. La segunda carta a los Corintios, por ejemplo, fue escrita para todas las comunidades de Grecia (2 Cor 1, 1). Pedía también que las comunidades intercambiaran las cartas que recibían (Col 4, 16).

Pablo escribió muchas cartas. No todas se conservaron. En las cartas a los Corintios, él menciona dos o tres cartas a la misma comunidad que no conocemos (cf 1 Cor 5, 9; 2 Cor 2, 3 – 4, 9; 7, 8-12). En la carta a los Colosenses, habla de una carta escrita a la comunidad de Odisea, que no se conservó (Col 4, 16).
Casi siempre Pablo escribe las cartas junto con sus compañeros de misión. Ellos aparecen a su lado en el saludo inicial y los recuerdos finales. Parece ser que discutían entre ellos el asunto, antes de escribir.

Una de las pocas cartas sin recomendaciones personales, ni saludos finales, es la carta a los Gálatas. Es que la relación entre Pablo y la comunidad estaba tensa, enervada. “Falsos hermanos” estaban queriendo separar a los Gálatas de Pablo (Gál 2, 4; 16,8; 3, 1; 4, 16-17). Pablo estaba irritado y fue obligado a defenderse. Otra carta, sin recomendaciones ni saludos, es la carta a los Efesios; se trata, probablemente, de una carta circular, una especie de encíclica, igual para todas las comunidades. La copia que conservamos es la que fue enviada a la comunidad de Éfeso.

Pablo viajaba, pero no se desligaba: Continuaba con el liderazgo y la coordinación general de las comunidades entre los paganos, como se le pidió en el Concilio Ecuménico de Jerusalén (Gál 2, 7-10). Mantenía contacto constante con las comunidades fundadas por él y con la Iglesia como un todo.

Busque en su Biblia Gál 3, 27-28; Rm 10, 12; 1 Cor 12, 13; Col 3, 10-11.
¿Cuál es la idea que se repite en estos textos? ¿Qué ideal plantea Pablo a las comunidades cristianas? ¿Qué aplicación tiene hoy?

Busque y lea Rm 13, 1-7.
¿Qué dice Pablo sobre las relaciones entre la comunidad y las autoridades del imperio? A la luz de nuestra realidad, ¿cómo interpretaría este texto? ¿Pablo justificaría los abusos de poder? ¿Por qué?

Busque y lea 1 Cor 10, 14-33.
¿A qué problema en concreto se refiere Pablo? ¿Cuáles son las idolatrías de nuestro tiempo? ¿Qué recomienda Pablo a la comunidad sobre su relación con la sociedad: que rechacen todo, que se aíslen? ¿Qué pide en los versículos 24 y 33?



¿Cómo vive tu comunidad, encerrada o abierta a los problemas del mundo?

Busque y lea 1 Cor 11, 17-27.
Según este texto, ¿qué problema se da en la comunidad de Corinto? ¿Por qué dice Pablo a los corintios que sus celebraciones “ya no son la cena del Señor”? ¿En qué condiciones se debe celebrar la cena del Señor?

Busque y lea 1 Cor 12, 4 – 13, 3.
¿Qué son los carismas? ¿Cuál es el criterio para discernir si un carisma proviene o no del Espíritu Santo? ¿Cuál es el carisma más importante y cuáles son sus características?

Busque y lea 1 Cor 14, 1-12.
¿Según el texto, qué otro problema se da en las reuniones de la comunidad de Corinto? ¿Cuál es el argumento de Pablo para preferir el don de profecía al don de lenguas? ¿Que aconseja Pablo para superar el desorden en la comunidad de Corinto? ¿Se dan este tipo de problemas y situaciones en nuestras comunidades? ¿Qué hacemos para resolver estos problemas?

¿A qué se deben las tensiones y conflictos que a veces se producen en tu comunidad y en la Iglesia en general? ¿A qué ministerios se les da más importancia en tu comunidad y la Iglesia en general? ¿Por qué? ¿Qué hacemos para resolver estas diferencias?

viernes, 11 de septiembre de 2009

LAS MUJERES COMPROMETIDAS CON EL EVANGELIO



¿Pensás que Pablo limitó la participación de las mujeres en las comunidades? ¿Por qué?

¿Pablo contrario a la participación de las mujeres?
Algunas personas se apoyan en Pablo para argumentar que la mujer debe estar callada en la comunidad y someterse al hombre. La misión de las mujeres se reduce a servir; quienes deciden son los hombres. Es cierto que en las cartas de Pablo hay textos que parecen justificar la superioridad del hombre sobre la mujer y el rol pasivo de éstas en las comunidades.

Por ejemplo: 1 Cor 11, 2-16; 14, 34-35; Ef 5, 21-24; 1 Tim 2, 9-15. Lea los textos y coméntelos.

No hay que olvidar que las primeras comunidades cristianas crecen en un ambiente patriarcal y machista, que margina a la mujer y le prohíbe participar en la vida pública. No debe extrañarnos que en cierto modo Pablo y sus comunidades reflejen la manera de pensar de su ambiente. Dentro de la cultura de aquel tiempo, no había lugar para la mujer. La función de la mujer estaba en el recinto interior de la casa, en la vida de la familia. Y ahí, de hecho, ella coordinaba, era la dueña de la casa. Por tanto, en la iglesia ella sólo podría tener lugar y participación, si la iglesia funcionase en el interior de las casas.

Ahora bien, las comunidades fundadas por Pablo se reunían en las casas del pueblo. Por eso son llamadas Iglesias Domésticas. En casi todas las iglesias domésticas mencionadas en las cartas de Pablo aparece el nombre de una mujer, en cuya casa la comunidad se reúne: en la casa de la pareja migrante Priscila y Aquila, tanto en Roma (Rm 16,5), como en Corinto (1 Cor 16, 19); en la de Filemón y Apia (Flp 2); en la casa de Lidia en Filipo (Hch 16, 15); en la casa de Ninfa en Laodicea, que llega a recibir una carta de Pablo, carta que no se ha conservado; en la casa de Filólogo y Julia, Nereo y su hermana y de Olimpas. Por tanto, a través de la creación de las iglesias domésticas, Pablo abrió espacio para que las mujeres pudieran ejercer la función de coordinadora en las comunidades.

Para valorar el alcance y la novedad de esta iniciativa de Pablo, conviene recordar lo siguiente. En aquel tiempo los judíos no permitían comunidades o sinagogas sólo de mujeres. Exigían que, como mínimo hubiera diez hombres, para que se pudiese formar una comunidad. Por esto no había sinagoga en Filipo, ya que allá había un grupo solamente de mujeres. Estas se reunían fuera de la ciudad para rezar (Hch 16, 13). Pablo tuvo el coraje de transgredir la costumbre de su propio pueblo y permitió que el grupo de mujeres de Filipo formase una comunidad (Hch 16, 13-15).

En estas recomendaciones, Pablo habla con toda naturalidad de mujeres que son diaconisa, colaboradora en Jesucristo o apóstol. Títulos y funciones importantes en la vida y organización de las comunidades. Son presentadas como personas que se fatigan por los demás en las comunidades. Las comunidades y el propio Pablo deben mucho a algunas de ellas, ya que le ayudaron y arriesgaron la propia vida por él. Las trata con cariño y las llama hermana, madre y compañera de prisión.

Pues bien, si Pablo fuese contrario a la participación de las mujeres y tuviera una imagen negativa de ellas, no las hubiera mencionado en sus cartas. Era evidente que estas mujeres tuvieron un protagonismo y liderazgo importante en sus comunidades y por eso Pablo está agradecido con ellas, las elogia y las recomienda a las comunidades. Son mujeres valientes que han compartido el sufrimiento de la cárcel, que han arriesgado su vida por él, que han ayudado al pueblo y que han asumido cargos y tareas importantes en la comunidad.

Lo importante es que en las cartas de Pablo hay otros textos donde el apóstol valora y reconoce el protagonismo de las mujeres en sus comunidades. Por ejemplo, en el final de la carta a los Romanos (Rm 16, 1-16), Pablo menciona, por lo menos, a diez mujeres:

“Les recomiendo a Febe, nuestra hermana, diaconisa de la comunidad de Cencrea. Ella ha ayudado a mucha gente y a mí también”. Probablemente uno de los tantos servicios que Febe prestó fue el de ser portadora de la carta de Pablo para la comunidad de Roma.
“Saludos para Priscila y Aquila, mis colaboradores en Jesucristo, que arriesgaron la propia cabeza para salvar mi vida”. Pablo agradece a los dos en nombre propio y en nombre de todas las comunidades del mundo pagano. Era en casa de este matrimonio donde se reunía la comunidad.
“Saludos para María, que trabajó mucho por ustedes”.
“Saludos para Andrónico y Junia, mis parientes y compañeros de prisión, apóstoles importantes”. Algunos manuscritos antiguos transformaron el nombre de Junia en Junio, tal vez porque les resultaba extraño que una mujer recibiera de Pablo el título de apóstol.
“Saludos para Trifena y Trifosa y para la querida Pérsida”. De las tres dice que se fatigaron mucho en el Señor.
“Saludos para Rufo y su madre que es la mía también”.
“Saludos para Filólogo y Julia, para Nereo y su hermana y para Olimpas”. Parece que la comunidad se reúne en su casa, pues Pablo añade: “y para todos los santos que están con ellos”.

Hoy, nadie en su sano juicio, pone en duda la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer. La sociedad ha avanzado mucho en este aspecto, aunque todavía hay mucho camino que recorrer. Muchas mujeres luchan por su derecho a participar en la vida pública y en la Iglesia. Si Pablo viviera hoy apoyaría estas luchas. Los textos citados no se pueden manipular para justificar algo que es contra el Evangelio de Jesús.

Por otra parte, se debe estudiar el conocido texto de Gál 3, 26-28; cuando Pablo dice “ya no hay hombre no mujer”, está planteando que en la comunidad ya no debe haber diferencias ni desigualdades, como las hay en la sociedad. Ni el judío es más que el griego, ni el libre más que el esclavo, ni el hombre es más que la mujer. Todos somos iguales, “uno en Cristo”. El machismo es contrario al ideal de Pablo.

El lado materno y femenino del lenguaje de Pablo
Para describir su trabajo en las comunidades, Pablo usa imágenes maternas y femeninas. Escribe a los Tesalonicenses: “Les tratamos con cariño, como madre que da calor a los hijos que amamanta” (1 Tes 2, 7). Y a los Gálatas: “Hijos míos, sufro nuevamente como dolores de parto hasta que Cristo sea formado en ustedes” (Gál 4, 19). Y a los Corintios: “Les di a beber leche, no alimento sólido, pues ustedes no podían soportarlo” (1 Cor 3, 2). “¿Seré menos amado justamente porque les dedico más amor?” (2 Cor 12, 15). Y a los Filipenses: “Dios es mi testigo de que les amo a todos con la ternura de Jesucristo” (Flp 1, 8). Y para describir el proceso doloroso de la renovación en curso, en el cual todo y todos estaban envueltos, escribe a los Romanos: “Sabemos que toda la creación gime y sufre dolores de parto hasta el presente. Y no solo ella, también nosotros que poseemos los primeros frutos del Espíritu, gemimos en nuestro interior, esperando la adopción, la liberación de nuestro cuerpo” (Rm 8, 22-23). El movimiento de las comunidades, doloroso y esperanzado, es comparado con una mujer embarazada, que lleva con cuidado el futuro hijo que va a nacer con dolores de parto.

En la carta a los Gálatas, Pablo enumera, por un lado, lo que él llama las obras de la carne (Gál 5, 22-23). Carne significa el ser humano en cuanto cerrado sobre sí mismo, sin apertura a Dios, entregado a las influencias de la ideología dominante. Espíritu significa el ser humano en cuanto abierto a Dios y a la nueva visión del mundo que nos fue revelada en Jesús. En nuestra lengua, la palabra carne es femenina; en hebreo, es masculino. En nuestra lengua, la palabra Espíritu es masculino, en el hebreo es femenina.

Ahora haga usted mismo la investigación y anote en la carta a los Gálatas: ¿cuántas de las obras de las obras de la carne enumeradas por Pablo en Gál 5, 19-21, son defectos típicamente masculinos? ¿Y cuántos de los frutos del Espíritu, citados en Gál 5, 22-23, son virtudes típicamente femeninas? El resultado de esta comparación es significativo.

La ternura y la atención cariñosa
Un libro apócrifo de los primeros siglos dice que, a la hora del martirio, al cortarle la cabeza a Pablo, en vez de sangre salió leche. Era el modo en que las comunidades recordaban la actitud materna y llena de ternura de Pablo con ellas.

Una pequeña muestra de esta relación cariñosa y amiga que había entre Pablo y las comunidades se trasluce en la despedida de los coordinadores de las comunidades de Éfeso. Después del discurso, según dice Lucas, “Pablo se arrodilló y rezó con ellos. Entonces todos comenzaron a llorar mucho; y echándose al cuello de Pablo lo besaban. Estaban muy tristes, principalmente porque había dicho que nunca más verían su cara. Y se fueron con él hasta el barco” (Hch 20, 36-38). Esta misma sensibilidad y ternura aparece en las cartas, sobre todo en la carta a los Filipenses, donde Pablo derrama la amistad que siente por aquella comunidad, inicialmente sólo de mujeres.

En una época en que la mujer no tenía voz frente al hombre, causa admiración el hecho de que Pablo, al hablar de una pareja amiga, coloque el nombre de la esposa antes del nombre del marido: “Priscila Y Aquila” (Rm 16, 3; “ Tm 4, 19). En la carta a los Corintios, sin embargo, dice “Aquila y Priscila” (1Cor 16, 19).

Pablo supo ser duro e inflexible en la defensa de los valores de la vida y del Evangelio, pero la dureza de la lucha no apegó en él la capacidad de ser un amigo cariñoso y acogedor, delicado y atento. No perdió la ternura.

Pablo y el matrimonio
En el momento de escribir la carta a los Corintios, Pablo no era casado (1 Cor 7, 8). Algunos piensan que era viudo. Otros dicen que su esposa se había separado de él (cf 1 Cor 7, 15-16). No lo sabemos. Pablo no estaba contra el matrimonio. ¡Al contrario! Había en aquel tiempo una teoría que prohibía el matrimonio. Pablo reaccionó con fuerza y la condenó como “doctrina demoníaca” (1 Tm 4, 1), como “hipocresía de mentirosos” (1 Tm 4, 2) y como “cuentos de viejas” (1 Tm 4, 7). Aun sin ser casado, defendía su derecho a tener una compañera (1 Cor 9, 5).

El hecho de no casarse él, tenía que ver con su manera de valorar y vivir su propia vocación y con su experiencia personal de Cristo (1Cor 7, 32). Tenía que ver también con su convicción de que en Cristo ya había llegado el fin de los tiempos (1 Cor 7, 29-31). Era urgente movilizar todo y a todos para la misión. Por eso mismo tiene el coraje de recomendar a las mujeres solteras que no se casen, sino que continúen en el estado que se encuentran (1 Cor 7, 27-28.33-34). Esta recomendación era contraria a las costumbres de la época. Casada, la mujer estaría presa al marido, dependiente de él todo él en todo (cf 1 Cor 11, 10), y no tendría condiciones concretas para dedicarse a la misión. No casada, estaría libre “para cuidar de las cosas del Señor y del modo de agradar al Señor” (1 Cor 7, 32).

Buscá Rm 16, 1-16. ¿Qué nos enseña este texto sobre la participación de las mujeres en las comunidades cristianas: sólo pueden asistir a las reuniones o deben tener funciones de liderazgo? ¿Por qué?

Leé y compará Gál 3, 26-28 con 1Cor 14, 34-35: ¿Qué dice Pablo en cada uno de estos textos? ¿A cuál de los dos textos debemos dar prioridad? ¿Podemos dar un valor absoluto al consejo que da a la comunidad de los corintios? ¿Por qué?

En la Iglesia, como comunidad del Pueblo de Dios, ¿qué tareas hacen las mujeres? ¿qué tareas hacen los hombres? ¿Por qué?

¿Quienes toman las decisiones en la Iglesia, comunidad del Pueblo de Dios, sólo los hombres, las mujeres o ambos?

¿A qué te ha invitado esta reflexión?

viernes, 7 de agosto de 2009

LA JUSTIFICACIÓN POR LA FE DE Y EN JESÚS: GRACIA DE DIOS



¿Qué significa para usted esta frase de Pablo: “somos justificados por la fe de y en Jesús y no por la obras de la ley”?

Considerada como el “testamento de Pablo”, la carta a los Romanos nos expone de una forma más completa y ordenada su teología de la salvación. La carta se divide en dos partes: Rm 1-11 donde expone sus reflexiones sobre la salvación y Rm 12-15 en las que saca las consecuencias prácticas para la comunidad. El núcleo principal de la carta es Rm 1-8.

Veamos entonces que nos dice Pablo sobre la salvación en Rm 1-8.

Rm 1, 1-17 es una introducción en la que Pablo presenta el tema principal de la carta: El Evangelio de Jesucristo es para todos los pueblos, para toda la humanidad (Rm 1, 16). Cuando Pablo usa la palabra Evangelio no se refiere a un texto escrito, sino a una persona, Jesús, que con su muerte y resurrección nos salva.

Lea en este momento el texto Rm 1, 18 – 3, 20.

En este texto, Pablo expone cuál es la situación de la humanidad antes de la muerte y resurrección de Jesús. La lectura de este texto nos puede dejar desconcertados y confundidos. Toda la humanidad vive bajo el yugo del pecado que conduce a la muerte. El pecado es alejamiento de Dios, que Pablo describe mediante la imagen de la “ira de Dios”. El trasfondo de éste: los judíos pensaban que al cumplir la ley están más cerca de Dios y los pecadores son los demás, los que no cumplen la ley.

¿Usted cree que por asistir todos los días a misa y comulgar, por tener obras de caridad, por servir al pobre, etc., está más cerca de Dios? ¿Usted cree que sus obras le salvan y justifican ante Dios?

Pablo desautoriza este modo de pensar y afirma que “están todos bajo el pecado” (Rm 3, 20), tanto los judíos con su ley, como los paganos que adoran los ídolos.

En Rm 3, 21 – 2, 25, Pablo anuncia qué es lo que se manifiesta en el Evangelio: la “justicia de Dios”. Todos estábamos en pecado y todos somos salvados por Jesús; salvados no por las obras de la ley, sino por la justicia y el amor de Dios manifestado en Jesús (Rm 3, 23-24). La teología tradicional, ha reducido la Gracia a una “cosa” y al hacerla girar casi exclusivamente sobre la categoría del “mérito” (no ilegítima en sí misma, pero sí en su inflación excesiva, la cual impide mantener su cambio radical de significado cuando el ser humano la dice de su relación de Dios), acabó por convertir el tratado de la Gracia en un tratado de “pesas y medidas”.

Para explicar el efecto de la Gracia en el ser humano, o el efecto concreto de la victoria sobre el pecado, Pablo acuñó la palabra “justificación”. No resulta hoy un vocablo muy útil, porque la justificación suena casi siempre a excusa o disculpa ofrecida ante las demás personas y que, por tanto, impide la condena o la falta de aprecio de la gente. Y es un dato innegable que la vida de los seres humanos es una búsqueda constante o un tejido continuo de tales “justificaciones”: el ser humano es necesidad de justificación, aun al margen de si las justificaciones que él asigna son objetivamente válidas y verdaderas.

Pero, en realidad, no era ése exactamente el significado paulino del término, el cual, no obstante, es comprensible para nosotros etimológicamente; pues justificar equivale a “hacer justo”, en el sentido más amplio de la palabra. Una persona “justificada” es, por tanto, una persona “buena”, cuya bondad no resiste todos los “controles de calidad”. La justificación paulina es, pues, la transformación de la persona, de inhumana en buena y, por tanto, en plenamente humana.

Esta aproximación al término “justificación” nos permite comprender también que, en el horizonte semántico moderno, puede sustituirse por “realización humana”, “humanización”, “rehabilitación”, “perdón”, “liberación” (de la inhumanidad de la persona), “regeneración”, etc. No obstante, es preciso reconocer que no tenemos hoy una palabra que sustituya unívoca y adecuadamente (y pedagógicamente) a la antigua justificación.

La Gracia, pues, comienza con la transformación del ser humano “justificándolo”, si bien esa justificación debe ser entendida como algo histórico que, a la vez que ya está, ha de desarrollarse. En Rm 5 – 8, Pablo intenta perseguir experiencialmente ese desarrollo.

Rm 5, 1-21 es el centro nuclear de la carta. Aquí el lenguaje de Pablo cambia radicalmente, ya no habla de la “ira de Dios”, sino del “amor de Dios” (Rm 5, 5); ya no dice que estamos alejados de Dios, sino que “estamos en paz con Dios” (Rm 5, 1); ya no habla de una situación de muerte, sino de vida (Rm 5, 18). Este cambio se debe al gran acontecimiento salvador: la muerte y resurrección de Jesús que nos reconcilia con Dios (Rm 5, 10-11).

Rm 6, 1 – 8, 17. Si antes Pablo habló de la humanidad antes de Jesús, ahora habla de la comunidad después de la muerte y resurrección de Jesús y hasta la salvación final. En estos textos Pablo habla en primera persona del plural: “nosotros”, se refiere a la comunidad, que después de haber sido justificada por la fe en Jesús, recibe el Espíritu para vivir una “vida nueva” (Rm 6, 4), como “hijos de Dios” (Rm 8, 14-17); es un tiempo de lucha interior contra las fuerzas del pecado (Rm 7, 21-23).

En Rm 8, 18-39, Pablo nos habla de la esperanza (Rm 8, 24). No sólo la comunidad sino toda la creación aguarda, con dolores de parto, el tiempo de la liberación definitiva (Rm 8, 22). Y termina con un himno al amor de Dios (Rm 8, 31-39), es un texto que cierra el arco que se abrió en Rm 5, 5. Hemos de notar que Pablo no predica una esperanza evasiva, ni una espiritualidad alejada del mundo. Cuando habla de esperanza menciona el hambre, la persecución, los peligros y sufrimientos que la comunidad padece, porque ser justificados no significa que desaparecen todos los problemas; pero la comunidad tiene la certeza que nada ni nadie le separará ya del amor de Dios, ese amor que libera (Rm 8, 35a).

En pocas palabras, se presenta la Gracia en el ser humano como un proceso de liberación DE (liberación del pecado, de la Ley, de lo anticuado y obsoleto, etc.). Nos recuerda el carácter histórico de esa liberación y, por eso, su experiencia contradictoria: el ser humano se siente, a la vez, libre y esclavo. Y, finalmente, presenta la transformación producida por la Gracia como una liberación PARA (para las obras del Espíritu de Dios -y, por tanto, de los hijos de Dios- y no del falso espíritu humano).

¿Qué exige al cristianismo en América Latina pronunciarse sobre la justificación por la fe?
Básicamente, exige tener como punto de partida la vida actual de los pobres y excluidos, y en relación a estos, la vida de los demás. El pobre hace referencia al oprimido, al débil, al hambriento; al marginado, rechazado, deslegitimado, indigno, humillado, impotente, insignificante; al sujeto excluido en el plano económico-cultural.

Ante el gran desafío de la exclusión creciente de grandes sectores de la humanidad al acceso de las necesidades básicas, indispensables para vivir dignamente, ¿qué tiene que decir la justificación por la fe?

En estas sociedades donde el mercado tiende a regular las leyes, hay libertad para que todos participen, pero obviamente no son muchos los que tienen medios para hacerlo. Estos, que son la mayoría, quedan excluidos, y su vida se torna permanentemente amenazada. El costo social de este sistema es tan grande que teólogos y economistas develan su carácter idolátrico porque exigen el sacrificio de vidas humanas.

En Latinoamérica necesitamos pensar a partir de la propia humanidad negada, con los no-persona, que Gustavo Gutiérrez los define como “aquellos no considerados como seres humanos por el actual orden social: clases explotadas, razas marginadas, culturas despreciadas -donde la mujer de esos sectores es, doblemente explotada, marginada y despreciada. De acuerdo a la experiencia, muy frecuentemente la vida en la marginación carcome espacios íntimos de la persona hasta hacerla indigna e insignificante, frente a sí misma, frente a los demás y hasta frente a Dios. El sentido de la vida desaparece en el horizonte.

¿Qué hacer entonces, ante la el hambre y la insignificancia que desafían la doctrina de la justificación de la fe?

Al mencionar la vida de los pobres, el tema de la justificación pasa necesariamente por otra lógica distinta a la conocida. La existencia de los pobres nos indica también que hay seres responsables de su existencia. Lo que se quiere decir es que un acercamiento orientado hacia la afirmación de la persona se vuelve indispensable en un contexto donde los rostros de los seres humanos han sido deformados por la pobreza, la violación de sus derechos y la humillación.

Si lo que amenaza la vida de los seres humanos es pecado, hoy día éste se percebe como un poder indestructible. San Pablo lo percibió así en su historia, como un mecanismo tejido bajo la injusticia, que hace de todos los humanos sus esclavos, los que dirigen sin Dios el destino de la historia, y los dirigidos por aquellos. Es un sistema que amenaza la vida de muchos, de la gran mayoría.

Es estudio de la justificación como afirmación de la vida ha de tener el rostro peculiar del pobre, no solo su opresión económica, sino también, su dignidad negada como ser humano.

Busque y lea Rm 5, 1-12. ¿Cuál es la idea principal de este texto? ¿Qué quiere decir la palabra “justificación” en la teología de Pablo? ¿Cuál es, para Pablo, la prueba de que Dios nos ama? ¿Qué significa, para Pablo la “fe en Jesucristo”? ¿Se trata de fe sólo de palabras? ¿Por qué?
Comparando este texto con Rm 1, 18 – 3, 20, ¿qué diferencias encuentra? ¿Qué aplicación concreta da usted a la teología de Pablo en nuestra realidad?

“No es el esfuerzo humano, no es la Ley; es un dádiva de iniciativa gratuita de Dios, justifica a quien el quiere, no a una que quisiera por su propio orgullo subir hasta Dios ¡Imposible! Sólo Dios llama a esta justificación. Pero ese Dios no es un Dios que no lo podamos encontrar. Esto es lo más bello: que Dios se hizo hombre y salió por los caminos para encontrarse con ellos. En Cristo está la justificación de Dios. Cristo es el Dios que perdona, el Dios que justifica. Cristo es el Dios que ha venido no a condenar sino a perdonar. A nadie excluye” (Monseñor Romero, Homilía 11 de junio de 1978).

¿Cómo explica Monseñor Romero la justificación? ¿Cómo podemos traducir esta doctrina de la justificación a nuestras vidas?