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lunes, 22 de diciembre de 2014

¿DONDE NACERÁ ESTE AÑO?



por Eduardo de la Serna



¿Por dónde será que nace,
esta vez el Nazareno,
con tanta muerte, tanto llanto
preparándole el terreno?


Con un México en la calle
reclamando aparecidos,
Medio Oriente desangrado
con lo que liberaron los gringos,
con el ébola importado
(¡antes no era un peligro!),
y policías limpiando
calles de negro o latino,
con inmigrantes muriendo
en tren o lanchones hundidos,
con soldados infantiles,
con desplazados a tiros,
minas anti personales,
o guerras… ¡así de sencillo!,
por no pensar en el hambre,
la trata o abuso de niños,
o en millones descartables
al borde de los caminos,


¿Dónde nacerá este año?
¿Dónde enviará Dios a su Hijo?
Con tanto lugar preparado
inseguro y sin abrigo,
donde no llegan las luces
y los ‘noteros’ sin brillo,
donde las cámaras falten
por ahí quizás sea el sitio.
Un niño pobre entre los pobres
donde elegir sus amigos;
“¿puede salir algo bueno?”
se preguntará uno ‘prolijo’
mientras busca entre regalos
nieve, renos y arbolito.


Será entonces otro año
y sigue naciendo escondido,
sólo si buscan lo encuentran
¡El pesebre es crucifijo!

sábado, 27 de octubre de 2012

JUAN JOSÉ TAMAYO Y LA TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN (Publicado en Tercera Información)

Teólogo Juan José Tamayo: El Vaticano continúa reprimiendo la Teología de la Liberación

Teólogo crítico vinculado a la Teología de la Liberación, Tamayo dirige la cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Ignacio Ellacuría de la Universidad Carlos III de Madrid

  
“La Teología de la Liberación deviene una cuestión conflictiva y vetada por la cúpula del Vaticano, así como por las jerarquías estatales de la iglesia católica; desde su génesis en la década de los 70, se ha producido una represión sistemática de todos los teólogos críticos con el sistema político y económico”, ha afirmado el teólogo Juan José Tamayo en Valencia, durante una conferencia (“La teología de la Liberación en el nuevo escenario político y religioso) organizada por Xarxa Cristiana y el Fórum de Debats de la Universitat de València.
Teólogo crítico vinculado a la Teología de la Liberación, Tamayo dirige la cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Ignacio Ellacuría de la Universidad Carlos III de Madrid; es, asimismo, secretario general y fundador de la progresista Asociación de Teólogos Juan XXIII. Entre sus numerosos libros, destacan “Otra teología es posible; pluralismo religioso, interculturalidad y feminismo”; “Leonardo Boff: ecología mística y liberación”; “Juan Pablo II y Benedicto XVI, del neoconservadurismo al integrismo” e “Invitación a la utopía”.
En relación con el título de la conferencia, el ponente se ha mostrado rotundo: “Sí puede ponerse en práctica hoy una teología de la liberación en los países del Norte, pues nos hallamos en un contexto propicio, marcado por una crisis múltiple (económica, política, ética, ecológica y alimentaria) que sufren los sectores más vulnerables de la sociedad, a pesar de que ellos no la han creado”. Ha añadido Tamayo que la Teología de la Liberación continúa siendo “la respuesta del cristianismo a la situación de explotación que vive el tercer mundo y, cada vez más, el llamado mundo rico”; ahora bien, “la Teología de la Liberación nunca ha de ser rígida, sino que se debe ir construyendo de acuerdo con los procesos históricos; ha de ir elaborándose; por eso, me gusta decir que se trata de una teología de calle, no de sacristía; un modo de pensar crítico sobre la sociedad, con el fin de transformarla”.
Entre el 7 y el 11 de octubre se ha celebrado en Unisinos (Sao Leopoldo, Brasil) el Congreso Internacional de Teología Latinoamericana de la Liberación, con la presencia de más de 700 personas, tres generaciones de teólogos críticos y algunas de las grandes personalidades de esta corriente de pensamiento, como Jon Sobrino y Gustavo Gutiérrez. El congreso coincide con el 50 aniversario del Concilio Vaticano II y con otras efemérides también significativas; en concreto, la publicación de los libros “Teología de la Liberación: perspectivas”, de Gustavo Gutiérrez; “Jesucristo Liberador”, de Leonardo Boff; “De la sociedad a la teología”, por parte de Juan Luis Segundo; y, más vinculado al marxismo, “Teoría desde la praxis de la liberación”, de Hugo Assmann.
Precisamente sobre los teólogos, comunidades de base y sacerdotes populares (muchos de ellos herederos del ideario del Concilio Vaticano II) ha pesado históricamente el estigma de la censura, recuerda Juan José Tamayo. Uno de los papas que más obras incluyó en el Índice de Libros Prohibidos fue Pío X (más de 150 libros). Pero desde que desapareció el Índice -aunque no la censura de facto, en 1966- hasta hoy, más de 500 libros (sobre todo, de autores vinculados a la Teología de la Liberación y el Concilio Vaticano II) han sido vetados por la cúpula eclesiástica.
En el estado español, subraya Tamayo, todos los gobiernos de la democracia han sido “rehenes” de la iglesia católica; “ha habido una clara sumisión del poder político al eclesiástico, algo que no tiene ninguna justificación constitucional ni evangélica; y lo peor han sido las consecuencias de esta subordinación: se ha limitado las posibilidades de avanzar hacia un verdadero estado laico, pero también hacia un posicionamiento de la iglesia al lado de los marginados; en otras palabras, la transición democrática, con todas sus notorias limitaciones, tiene aún una mayor: no se ha producido una transición religiosa”. “Supongo que las razones de esta supeditación son de índole electoral, es decir, las grandes bolsas de votos que moviliza la iglesia católica; Hay en esto, además, algo decisivo que no debe olvidarse: la jerarquía católica defiende un proyecto político absolutamente terreno, y lo hace con resultados extraordinarios; de hecho, es la única institución oficial que no sólo no ha visto dañados sus privilegios, sino que los ha aumentado; así resulta difícil ser sensible a las dificultades de los marginados”.
Aunque se destaque poco, el estado español ha contado también con su teología de la liberación, pero, a juicio de Tamayo, “mucho más vivida y experimentada que teóricamente elaborada; por ejemplo, en la década de los 50 del siglo pasado, con los movimientos apostólicos especializados. También algunos sectores de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) practicaron la Teología de la Liberación”. El problema, explica el autor de “Invitación a la utopía”, radica en que la teología moderna llega a España con mucho retraso, en la década de los 70; se incorpora entonces la modernidad teológica pero no sus límites, unos límites que sí aborda la Teología de la Liberación. “Hoy, de lleno en la crisis, hay posibilidades de impulsar una teología que combine los dos aspectos”, concluye Juan José Tamayo.
En América Latina también el contexto difiere en mucho de aquél en el que emergió, en la década de los 70, la Teología de la Liberación: dictaduras, pobreza estructural, gran analfabetismo, movimientos de liberación y guerrillas, desarrollo de la “pedagogía del oprimido”. Hoy, pueden distinguirse tres grandes tendencias religiosas y teológicas en América Latina: neoconservadores sometidos al Vaticano (“Es muy difícil encontrar obispos de diócesis importantes, vinculados a la Teología de la Liberación; estos han sido sustituidos por ortodoxos cercanos a Roma y alejados de los pobres y excluidos”, explica Tamayo); en segundo lugar, la Teología de la Liberación, de la que beben las comunidades cristianas de base y que, pese a mantenerse vivas y activas, se ven afectadas por la creciente secularización.
Y la tercera de las tendencias, que gana adeptos todos los días en el continente: la denominada “Teología de la Prosperidad”, como fórmula alternativa a la Teología de la Liberación. Se trata, en palabras de Tamayo, de una propuesta en la que “Dios viene a ser un propietario y en la que se habla de la salvación en un lenguaje bancario”; una propuesta, en fin, coherente con el libre mercado. Sin embargo, en América Latina emergen también nuevos sujetos de cambio y que dan lugar a nuevas teologías. No rompen con la teología de la liberación, más bien la complementan y actualizan. Son las teologías feministas, indígenas, de los afrodescendientes, campesinas, ecológicas (de la mano de Leonardo Boff), económicas (vinculadas a los movimientos sociales alternativos) y del pluralismo religioso.
A diferencia de Europa (donde a los clérigos disidentes se les acusaba de “contestatarios”), en América Latina se recogió e interpretó de manera creativa el mensaje del Concilio Vaticano II (en un discurso de noviembre de 1962, Juan XXIII afirmó que la iglesia en los países del Sur es “de todos y para todos, especialmente para los pobres”). “Nacen, entroncando con el mensaje conciliar, una red de comunidades eclesiales de base, como lugar de encuentro entre pobres y excluidos de América Latina que también son creyentes; entienden la fe como elemento liberador, como motor de lucha contra la pobreza”, subraya el teólogo.
Muchos de los obispos latinoamericanos presentes en el concilio Vaticano II se desjerarquizan y comunitarizan; 400 obispos se reúnen en Medellín (1968) con el fin de que la iglesia pase de ser colonial y de conquista , a un instrumento para la liberación de los pobres; una nueva manera de hacer teología dirigida a los empobrecidos (con los que se comparten experiencias y a los que se acompaña en la marginación), se opone a la teología hegemónica, entendida –en gran medida-como cuerpo dogmático que parte de cuestiones ajenas a los problemas de las clases populares, como la revelación divina. “Es esta una gran utopía, un lugar en construcción y un avanzar hacia otro mundo posible”, subraya Juan José Tamayo. Y necesaria, aún hoy, también en occidente.

viernes, 10 de septiembre de 2010

PROFETAS DE NUESTROS DÍAS: CARTA PUBLICADA POR LA COMISIÓN INTERECLESIAL DE JUSTICIA Y PAZ DE COLOMBIA



ESTO PUEDE AYUDARNOS A DESCUBRIR EL ROSTRO OCULTO DE LA VERDAD EN COLOMBIA... NO TODO LO QUE BRILLA ES ORO, DICE EL DICHO POPULAR... DIOS NOS GRITA DESDE LA VOZ DE LAS PERSONAS MÁS SUFRIENTES A VIVIR PROFÉTICAMENTE...

Carta al Padre John Dear, S. J., jesuita estadounidense que ha recorrido muchas zonas de guerra del mundo como activista de la paz y ha sufrido la cárcel por oponerse a las políticas criminales de su país. Ha publicado muchos libros sobre espiritualidad cristiana de la paz y ha visitado varias regiones de Colombia.

Estimado y recordado John:

Recibe un fraterno y cariñoso saludo.

Te escribo muy preocupado por el hecho de que en nuestra universidad jesuita de Georgetown hayan vinculado como docente al Presidente saliente de Colombia, Álvaro Uribe Vélez. No ceso de recibir mensajes de personas y grupos que sufrieron enormemente durante su gobierno, que reclaman y cuestionan la actitud de nuestra Compañía o su falta de discernimiento ético al tomar este tipo de decisiones.

Es posible que las directivas de Georgetown hayan recibido conceptos positivos de colombianos de altas posiciones económicas o políticas, pero es difícil que ignoren al menos las profundas controversias éticas que levantó su gobierno y los cuestionamientos y sanciones que recibió de muchos organismos internacionales que tratan de proteger la dignidad humana. El sólo hecho de que durante su carrera política, desde que era Gobernador del Departamento de Antioquia (1995-1997) hubiera fundado y protegido tantos grupos paramilitares, llamados eufemísticamente “Convivir”, que asesinaron y desaparecieron a millares de personas y desplazaron multitudes cometiendo otras muchas atrocidades, ya implica una exigencia de censura ética para encomendarle cualquier responsabilidad en el futuro. Pero no sólo continuó patrocinando esos grupos paramilitares sino que los mantuvo y los complementó con un nuevo modelo de paramilitarismo legalizado, como son las redes de informantes, las redes de cooperantes y el nuevo tipo de empresas de seguridad privada que involucran a varios millones de civiles en actividades militares relacionadas con el conflicto armado interno, mientras le mentía a la comunidad internacional con una falsa desactivación de los paramilitares.

Además, fue escandalosa durante su gobierno la práctica de los “falsos positivos” consistente en asesinar civiles, principalmente campesinos, y después de muertos vestirlos de combatientes para justificar su muerte. Con ello pretendía mostrar victorias militares falsas sobre los rebeldes y eliminar a los activistas de los movimientos sociales que buscan justicia.

La corrupción durante su gobierno fue más que escandalosa, no sólo por la presencia de narcotraficantes en los puestos públicos sino porque el Congreso y muchos cargos de gobierno fueron ocupados por delincuentes. Hoy hay más de cien congresistas en procesos criminales, todos ellos del entorno electoral más cercano del Presidente Uribe.

Fue escandalosa la compra de conciencias para manipular los aparatos de justicia, lo que terminó destruyendo, en niveles muy profundos, la conciencia moral del país. También fue escandalosa la corrupción con que sus ministros más cercanos manejaron la política agraria para favorecer a los más ricos con los dineros públicos, mientras impedía y estigmatizaba los proyectos sociales. La corrupción de sus hijos, para enriquecerse a costa de ventajas de poder, escandalizó en su momento a toda la nación. También utilizó el organismo de seguridad que estaba directamente bajo su control (el Departamento Administrativo de Seguridad) para espiar mediante controles telefónicos clandestinos, a las Cortes de Justicia, a los políticos de la oposición, a los movimientos sociales y de derechos humanos.

Fueron en extremo escandalosos los mecanismos corruptos de los cuales se valió para lograr su reelección a la Presidencia en 2006, lo cual ha llevado a ministros y colaboradores cercanos suyos ad portas de la cárcel. El manejo que hizo de coordinación entre el Ejército y los grupos paramilitares llevó a que durante su período se produjeran 14.000 ejecuciones extrajudiciales. Sus estrategias de impunidad para quienes desde el Estado o el Paraestado perpetraron crímenes de lesa humanidad, pasarán a la historia por su atrevimiento.

La decisión de los jesuitas de Georgetown de ofrecerle una cátedra a Álvaro Uribe, no sólo ofende profundamente a los colombianos que aún conservan principios éticos sino que pone en alto riesgo la formación ética de los jóvenes que acuden a nuestra universidad en Washington. ¿Dónde queda la ética de la Compañía de Jesús?

Te escribo estas líneas porque estoy seguro que tú compartes nuestras preocupaciones y quizás podrás hacerlas llegar a los jesuitas de Georgetown y a otros círculos de opinión en tu entorno de simpatizantes por la justicia.

Recibe un fuerte abrazo.

Javier Giraldo Moreno, S. J.

lunes, 12 de octubre de 2009

PABLO Y LAS COMUNIDADES CRISTIANAS



¿Dónde se reunían las primeras comunidades cristianas? ¿Quiénes formaban parte de las comunidades? ¿Qué hacían?

Comunidades domésticas “abiertas”
Como fruto de la misión de Pablo y de otras personas, surgieron muchas comunidades en los pueblos y en las grandes ciudades del Imperio Romano.

Basándonos en lo que J. Becker expone en su libro Pablo, apóstol de los paganos, un primer dato que encontramos es que las comunidades cristianas no mantienen una relación directa con el Templo, símbolo de la unidad en el judaísmo, sino que se reúnen en las casas de algunas familias (Rm 16, 5; 1 Cor 16, 19).

Ahora bien, ¿quiénes formaban parte de las comunidades? Al parecer, en las comunidades cristianas participaban gente pobre y también personas acomodadas de los estratos intermedios (1 Cor 1, 26-27). Son comunidades “abiertas” a todas las personas. Es decir, no ponen como condición para ingresar ningún requisito cultural ni económico.

Para Pablo el rasgo fundamental de la comunidad es la unidad. Ahora bien, ¿es posible la unidad en una sociedad que marca fuertes diferencias entre hombres y mujeres, esclavos y libres, griegos y judíos, ricos y pobres? Según Becker, las comunidades de Pablo, abiertas a todas las personas, hacían un gran “esfuerzo de integración”. El énfasis de Pablo es que unirse a Cristo significa echar abajo las diferencias, todas las personas tienen la misma dignidad, todos somos uno en Cristo (Gál 3, 26-28). En la comunidad ya no deben existir desigualdades ni divisiones entre ricos y pobres, hombres y mujeres, judíos y griegos. Este ideal se expresa mediante la comunión de bienes y la solidaridad (1 Cor 16, 1-3).

Comunidades cristianas comprometidas
¿Cómo se relacionaban las comunidades cristianas con el mundo que les rodea? En el tiempo de Pablo pensaban que era inminente el fin de los tiempos (1 Cor 7, 29). Esto hizo que algunas comunidades, como la de Tesalónica, se desentendieran de la vida y el trabajo; Pablo les llama a asumir sus compromisos cotidianos (1 Ts 5, 1-22).

El culto a diversas divinidades y las doctrinas extrañas eran muy frecuentes en el mundo helenístico-romano. En este aspecto es muy claro que las comunidades rechazan y no toleran la idolatría y todas las prácticas derivadas de la misma (1 Cor 10, 14-22). Aunque rechazan el culto a las divinidades, aceptan a las autoridades del imperio. Pablo recomienda cumplir con los deberes de la sociedad (Rm 13, 1-7), pero al mismo tiempo exige de la comunidad una conducta ejemplar con los demás, no sólo dentro sino fuera de la comunidad (1 Ts 4, 9-12; Flp 4, 8-9; Gál 6, 10). No es del todo justo decir que las comunidades de Pablo no tenían una actitud crítica ante el imperio, a este respecto Becker afirma que la comunidad cristiana “pretendía evangelizar y hacer cambiar a las personas, pero no se tenía una idea de cómo debía ser un Estado y su sociedad”.

Las comunidades cristianas en el Imperio Romano
“Para caracterizar los estratos sociales del Imperio Romano en la época postaugustana, lo mejor es representar la pirámide dividida en tres partes. La cúspide la ocupaba el estamento romano de los senadores, seguido inmediatamente del estamento ecuestre… Este pequeño grupo gozaba hereditariamente de inmensos privilegios. Acumulaban la riqueza, el poder y la educación. El cristianismo paulino no había entrado aún en ese primer estamento.

La amplia base de la pirámide estaba compuesta por la gran masa de los no propietarios, los esclavos, los mercenarios, los pequeños artesanos, los agricultores, etc… Entre el estamento superior y el inferior encontramos la capa media que, promovida por medidas imperiales, ocupaba sobre todo los suburbios y había alcanzado un relativo bienestar con el comercio, la producción o la prestación de servicios. Cuando Pablo evangelizaba las ciudades, se relacionaba sobre todo con esta pequeña burguesía y con el estamento urbano inferior. Dejó de lado la población rural porque centró su actividad en las ciudades helenísticas” (Becker).

Las comunidades cristianas frente al Imperio Romano
“Este cristianismo primitivo no llegaba con ningún programa para cambiar el mundo. No se propuso resolver el problema de los esclavos, construir una sociedad basada en la justicia social, recomendar una distribución del poder político, liberar a los grupos oprimidos, desencadenar debates generales sobre los derechos humanos. Ya la esperanza en el inminente fin del mundo cerraba esas perspectivas… No podemos transferir a la antigüedad los debates político-sociales que tienen vigencia desde la época de la Ilustración. Sin embargo, esto representa sólo una cara de la moneda.

Como el cristianismo era una oferta hecha a todos los habitantes de la ciudad, eso significaba que en una casa cristiana se reunían todos, muchos de ellos sin haber mantenido antes, o apenas, relaciones entre sí: pobres y acomodados, esclavos y libres, mujeres y hombres, griegos y orientales, gente de diversas profesiones, etc. Estamos así ante la tarea decisiva de estas comunidades domésticas… Se trata de una tarea que no tiene equivalente en ninguna otra comunidad religiosa de la antigüedad, ya que esas comunidades practicaban la selección social y profesional. Aquí tuvo, pues, el cristianismo una tarea especialmente llamativa” (Becker).



Las comunidades cristianas y la casa
“La casa de la antigüedad como recinto donde vive la familia pasó a ser el centro de la comunidad local, el lugar de reunión para el culto divino, alojamiento para misioneros y enviados, foco de irradiación misionera y marco para la nueva vida cristiana. La casa de la antigüedad, gobernada por el padre de familia, era el elemento decisivo de la ciudad y del Estado del Imperio Romano. La familia era el único entramado social que conoció la antigüedad. La casa solía ser también fundamental para la economía, porque allí se producía lo que era la base del sustento de la familia… De ahí que fuera una opción especialmente afortunada la que hizo el cristianismo cuando eligió la casa como base de su difusión” (Becker).

La Iglesia universal
“La comunidad local entendida como un colectivo ligado a la casa y que se reúne en ella no debe hacernos pensar en la existencia de numerosas comunidades domésticas que formaran una asociación privada y limitaran sus actividades y relaciones a su propio ámbito local. La comunidad local estaba presidida por una conciencia eclesial totalizante y un sentimiento de unidad... Esto ocurrió sobre todo porque Pablo dio a todos las comunidades el mismo testimonio sobre Cristo e introdujo el bautismo y la cena del Señor en las comunidades.

Pero no se limitó a esto, sino que confió a la comunidad la responsabilidad de toda la Iglesia. Así Filipos apoyó financieramente la misión paulina. Las comunidades acogían temporalmente a otros misioneros; pero, sobre todo, las comunidades enviaban colaboradores a la misión o hacían una colecta para Jerusalén. Hay, pues, suficientes indicios concretos de que Pablo esperaba que las comunidades participaran activamente en la construcción de la comunidad escatológica a escala mundial. Estas indicaciones, entre otras, sobre la promoción que hizo Pablo de una Iglesia universal no pueden extrañar en él, porque fue el primer teólogo del cristianismo primitivo que desarrolló una concepción unitaria de la Iglesia” (Becker).

La liturgia en las comunidades de Pablo
Las comunidades de Pablo celebran la liturgia en sus casas. No hay objetos de culto, vestidos y preparativos rituales, como tampoco existe una separación entre la liturgia y la vida, que gira en torno al bautismo y la eucaristía.

El bautismo lo administraban miembros de la comunidad y misioneros (1 Cor 1, 11-16), “en el nombre de Jesús” (1 Cor 6, 11); por el bautismo, el creyente se incorpora al “cuerpo de Cristo” (1 Cor 12, 13; Gál 3, 26-28); recibe los dones del Espíritu Santo (1 Cor 6, 11) y, en consecuencia, debe dejar atrás el pasado y emprender “una nueva vida” (Rm 6, 1-4). En el acto del bautismo, el creyente hacía una profesión de fe ante la comunidad con una fórmula semejante a Rm 10, 9.

La vida litúrgica de las comunidades gira, sobre todo, en torno a la eucaristía (1Cor 11, 23-27). Parece que las comunidades de Corinto, antes de la eucaristía, hacían una comida ordinaria. A ellos se refiere Pablo cuando las personas acomodadas de la comunidad se comían todo y dejaban sin nada a los esclavos y asalariados (1Cor 11, 17-22): “Esta ya no es la cena del Señor” afirma Pablo, porque han roto el signo fundamental: la comunión de los fieles. Donde no hay justicia y unidad no puede haber eucaristía.

En algunas cartas de Pablo podemos encontrar profesiones de fe (1 Cor 8, 6), himnos (Flp 2, 6-11), acción de gracias (1 Cor 1, 4-7; Flp 1, 3-6) que nos dan una idea de la liturgia de la palabra en sus comunidades.

Los ministerios en la comunidad de Pablo
Las comunidades de Pablo se reúnen en asambleas generales cuando surgen asuntos importantes (Hch 15, 6; 1 Cor 5, 4-5; Gál 2, 11-14). Las comunidades no tienen una organización jerárquica, sino ministerial. Pablo describe la comunidad como un “cuerpo” donde todos sus miembros tienen una tarea y una sola cabeza: Cristo. Como afirma Becker, las tareas o ministerios pertenecían a la comunidad, no a una persona determinada, y los podían desempeñar una o varias personas, turnándose unas a otras. Pablo da especial importancia a los carismas de misión, sólo en segundo término habla del carisma de gobierno o dirección de las comunidades (1 Cor 12, 27-30).

Parece que algunos miembros de la comunidad de Corinto tenían especial predilección por el don de lenguas, quizá por ser más espectacular y llamativo. Pablo sin embargo advierte que prefiere el don de la profecía porque su mensaje se entiende y “edifica a toda la comunidad” (1 Cor 14, 4) y, sobre todo, enseña que el don principal es la caridad (1 Cor 13, 1-13). Sin la práctica concreta del amor solidario, todos los demás carismas pierden su sentido.

Los ministerios y la organización de las comunidades
El hecho de que Pablo desarrollara en sus comunidades una conciencia de Iglesia universal no implica que Pablo organizara una autoridad central. Como afirma J. Comblin (Pablo: trabajo y misión) , para Pablo “no había organización alguna de todos los cristianos en dependencia de una autoridad central... Para unir a todos los cristianos bastaba con Cristo y el Espíritu, el bautismo y la cena del Señor”.

Esto no quiere decir, por otra parte, que las comunidades fueran anárquicas. Por supuesto que había personas que “presidían” cada comunidad. ¿Qué hizo Pablo para organizar las comunidades? A este respecto Becker afirma: “Nos consta, ante todo, lo que no hizo: no creó cargos locales ni provinciales para declinar en ellos su responsabilidad. Determinadas tareas en la comunidad son asumidas por personas concretas y éstas debían ser respetadas (Rm 12, 6-13; 1 Cor 12, 28; 1 Tes 5, 12-13); pero las tareas pertenecían a la comunidad y podían desempeñarlas una persona o varias, o relevándose unas a otras... Cada comunidad es la única responsable de todo. No es una parte de la Iglesia, sino el cuerpo íntegro de Cristo” (Becker).

Carismas
En sus cartas Pablo nos dice que los carismas son dones del Espíritu Santo “para provecho común” (1 Cor 12, 7). Cuando Pablo hace ver a la comunidad de Corinto que prefiere el don de profecía al don de lenguas, el argumento es muy claro: “el que habla lenguas se edifica a sí mismo, pero el que profetiza edifica a toda la comunidad” (1Cor 14, 4). Los carismas no son privilegios para sobresalir, sino servicios para edificar la comunidad; por eso el principal carisma es el amor (1 Cor 13, 1).

Durante los viajes, Pablo mantenía contacto con las comunidades a través de mensajeros (cf. Col 4, 10; 1 Cor 1, 11; 16, 12-17; 1 Tes 3, 2-6), y a partir del segundo viaje, también lo hacía a través de cartas. Pedía que sus cartas fueran leídas en las reuniones de la comunidad (1 Tes 5, 27) y que fuesen enviadas también a las demás comunidades. La segunda carta a los Corintios, por ejemplo, fue escrita para todas las comunidades de Grecia (2 Cor 1, 1). Pedía también que las comunidades intercambiaran las cartas que recibían (Col 4, 16).

Pablo escribió muchas cartas. No todas se conservaron. En las cartas a los Corintios, él menciona dos o tres cartas a la misma comunidad que no conocemos (cf 1 Cor 5, 9; 2 Cor 2, 3 – 4, 9; 7, 8-12). En la carta a los Colosenses, habla de una carta escrita a la comunidad de Odisea, que no se conservó (Col 4, 16).
Casi siempre Pablo escribe las cartas junto con sus compañeros de misión. Ellos aparecen a su lado en el saludo inicial y los recuerdos finales. Parece ser que discutían entre ellos el asunto, antes de escribir.

Una de las pocas cartas sin recomendaciones personales, ni saludos finales, es la carta a los Gálatas. Es que la relación entre Pablo y la comunidad estaba tensa, enervada. “Falsos hermanos” estaban queriendo separar a los Gálatas de Pablo (Gál 2, 4; 16,8; 3, 1; 4, 16-17). Pablo estaba irritado y fue obligado a defenderse. Otra carta, sin recomendaciones ni saludos, es la carta a los Efesios; se trata, probablemente, de una carta circular, una especie de encíclica, igual para todas las comunidades. La copia que conservamos es la que fue enviada a la comunidad de Éfeso.

Pablo viajaba, pero no se desligaba: Continuaba con el liderazgo y la coordinación general de las comunidades entre los paganos, como se le pidió en el Concilio Ecuménico de Jerusalén (Gál 2, 7-10). Mantenía contacto constante con las comunidades fundadas por él y con la Iglesia como un todo.

Busque en su Biblia Gál 3, 27-28; Rm 10, 12; 1 Cor 12, 13; Col 3, 10-11.
¿Cuál es la idea que se repite en estos textos? ¿Qué ideal plantea Pablo a las comunidades cristianas? ¿Qué aplicación tiene hoy?

Busque y lea Rm 13, 1-7.
¿Qué dice Pablo sobre las relaciones entre la comunidad y las autoridades del imperio? A la luz de nuestra realidad, ¿cómo interpretaría este texto? ¿Pablo justificaría los abusos de poder? ¿Por qué?

Busque y lea 1 Cor 10, 14-33.
¿A qué problema en concreto se refiere Pablo? ¿Cuáles son las idolatrías de nuestro tiempo? ¿Qué recomienda Pablo a la comunidad sobre su relación con la sociedad: que rechacen todo, que se aíslen? ¿Qué pide en los versículos 24 y 33?



¿Cómo vive tu comunidad, encerrada o abierta a los problemas del mundo?

Busque y lea 1 Cor 11, 17-27.
Según este texto, ¿qué problema se da en la comunidad de Corinto? ¿Por qué dice Pablo a los corintios que sus celebraciones “ya no son la cena del Señor”? ¿En qué condiciones se debe celebrar la cena del Señor?

Busque y lea 1 Cor 12, 4 – 13, 3.
¿Qué son los carismas? ¿Cuál es el criterio para discernir si un carisma proviene o no del Espíritu Santo? ¿Cuál es el carisma más importante y cuáles son sus características?

Busque y lea 1 Cor 14, 1-12.
¿Según el texto, qué otro problema se da en las reuniones de la comunidad de Corinto? ¿Cuál es el argumento de Pablo para preferir el don de profecía al don de lenguas? ¿Que aconseja Pablo para superar el desorden en la comunidad de Corinto? ¿Se dan este tipo de problemas y situaciones en nuestras comunidades? ¿Qué hacemos para resolver estos problemas?

¿A qué se deben las tensiones y conflictos que a veces se producen en tu comunidad y en la Iglesia en general? ¿A qué ministerios se les da más importancia en tu comunidad y la Iglesia en general? ¿Por qué? ¿Qué hacemos para resolver estas diferencias?