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viernes, 5 de junio de 2015

EL CRITERIO UNIVERSAL: LA EXPERIENCIA DEL AMOR



EL CRITERIO UNIVERSAL: LA EXPERIENCIA DEL AMOR

Breve acercamiento desde la teología joánica
1 Jn 4

Desde la óptica cristiana, siguiendo la magnífica síntesis hecha en la Primera Carta de San Juan, específicamente en el capítulo 4, podemos decir que el centro de la experiencia de Dios en la vida humana, es el AMOR.

Es claro que, en el cristianismo, reconocemos que ha sido Jesús de Nazaret quien, con sus hechos y dichos, nos ha revelado que la experiencia máxima de Dios es el amor. Por ello se reconoció que Jesús era el Cristo, el Hijo de Dios por excelencia, el Mesías, el mismo Dios-encarnado-pobre, el Dios-Humano-último.

Juan invita a preguntarse cómo hacer para identificar si algún espíritu viene de Dios, es decir, preguntarnos si alguna religión, cultura, predicación, ética, moral… viene de Dios. Según Juan, la mejor forma de reconocer a un espíritu de Dios es que reconoce a Jesús como el Mesías, como el que habla de parte de Dios (Cfr. 1 Jn 4, 1-2). 

De ahí surge otra pregunta, ¿por qué se reconoció a Jesús como el portador de la verdad, como el que habla y encarna al mismo Dios? Y, para Juan, la respuesta es sumamente sencilla: por el AMOR. Jesús vivió desde, en, con y para el AMOR, lo cual atestiguan muy bien los cuatro Evangelios. 

Juan va a decir entonces que, quien no ama a su prójimo/a, quien no reconoce a la otra persona como hermana y le ama como hermana,  no ha conocido a Dios, no es de Dios, no viene de Dios (Cfr. 1 Jn 4, 8). Para Juan, DIOS y AMOR son sinónimos, son una igualdad “matemático-espiritual”. Hablar y vivir desde el amor, en el amor, con el amor y para el amor, es hablar y vivir desde Dios, en Dios, con Dios y para Dios. 

Pero Juan no se conforma con dar tal conclusión sobre Dios. Va a decir que, ese amor tiene la característica de ofrecerse primero, sin interés, sin condicionarlo bajo ninguna circunstancia, pues ni siquiera nuestro pecado pudo condicionar el amor que Dios ha tenido, tiene y tendrá por la humanidad, por eso envió a Jesús, como muestra de ello. Dios nos ha amado primero y nos sigue amando, tomando siempre la iniciativa en ello (Cfr. 1 Jn 4, 9-10).

Por tanto, quien dice estar con Dios, hablar y actuar en nombre de Dios, va a amar primero, de la misma forma que Dios ha amado, dando lo mejor a las demás personas, reconociéndolas como hermanas, hijas de Dios Padre-Madre. Sólo desde el amor se pueden dar los frutos que garantizan la vida de la humanidad, vida en plenitud de y para la humanidad: justicia, paz, fraternidad, solidaridad, libertad… 

La única manera de hacer visible a Dios invisible es por el amor. Sólo amándonos todos los seres humanos como hermanos, es posible hacer visible a Dios. Esa es la única manera de comprobar que Dios nos ha comunicado su Espíritu. Ser portador del Espíritu de Dios significa amar como Dios ama, tal como lo mostró Jesús, el AMOR ENCARNADO de Dios. Sólo quien ama permanece en Dios y Dios en él/ella (Cfr. 1 Jn 4, 13-16).

Jesús nos propuso que fuésemos perfectos/as como nuestro Padre es perfecto (Cfr. Mt 5, 48), y la perfección la da el amor. Al amar somos como Dios, somos su imagen y semejanza plena, asumimos en plenitud su Maternal Paternidad y su Paternal Maternidad, como el mismo Jesús (Cfr. 1 Jn 4, 17). Y la mejor señal de quien ama como Dios mismo, es que vive sin temor, sin que el miedo le paralice, sin que le miedo le detenga o le limite. No se preocupa de las consecuencias que le traiga el amar, no le interesa si va a ser retribuido su amor. No vinculará nunca su amor a las riquezas, al poder y a los honores. Será el amor libre, sin censuras, sin componendas, sin distinciones. El amor derrota el miedo y otorga la libertad (Cfr. 1 Jn 4, 18). 

La verdad o la mentira de quien dice amar a Dios quedará al descubierto en el encuentro con el hermano/la hermana. Fácil es decir que amamos a Dios, total, como es invisible no hay ningún problema… Mientras que la verdad manifestada en Jesús, sobre el amor, es otra: sólo reconociendo y amando a la otra persona como hermana, se sabe con certeza que alguien está en Dios, vive el amor de Dios en su vida, se siente amada por Dios y no puede hacer nada más que amar a quienes sí ve: a sus hermanos y hermanas (Cfr. 1 Jn 4, 19-21).

¿Qué implicaciones tiene el amor como criterio universal?

Esto nos lleva inevitablemente a hacernos una serie de preguntas sobre nuestro actuar y nuestra relacionalidad, sobre nuestras decisiones y leyes, sobre nuestra religiosidad y cultura, sobre nuestros sistemas económicos y políticos… Es decir, en todas las dimensiones humanas posibles.

El amor nos unifica como criterio de búsqueda del bien común, en tanto búsqueda de la verdad que nos construya más y mejor como seres humanos; sólo el amor hace ver lo diferente, lo diverso, lo cambiante como posibilidad de vida, no como una amenaza. El amor hace que se venza el miedo a lo diferente, a lo distinto, a lo incomprensible. 

El amor como criterio universal rompe con la pretensión de las grandes, medianas y pequeñas religiones, iglesias o sectas que se consideran como el único medio de salvación y de relación con lo trascendente, con la deidad. Visto así, ninguna religión debería tener la pretensión de totalización ni de supremacía. El único criterio real y verdadero es el amor: Ámense los unos a los otros como yo les amo a ustedes (cfr. Jn 13, 34-35; 15, 12-13). 

La verdadera religión es la práctica del amor, la que genera entrega incondicional por la búsqueda del bien común, por garantizar la vida para todos los seres humanos, no la vida de unos pocos seres humanos a precio de la muerte de muchos seres humanos. La verdadera religión no está basada en ritos y cultos, sino en acción concreta afectiva y efectiva del amor. Dondequiera se practique el amor sin censura ni discriminación, existe verdadera religión. Toda religión si quiere ser verdadera se le debe notar en el amor entre las personas que militan en ella y de igual manera con las que no lo hacen. Sin la práctica del amor, sin la experiencia del amor no hay relación con Dios, con lo trascendente, con la deidad. 

Esto nos lleva a pensar también en nuestros sistemas económicos, especialmente el sistema económico hegemónico actual: El Neoliberal. No cabe la menor duda que este sistema neoliberal no está basado en el amor como criterio universal. Prueba de ello es la cantidad de víctimas que genera, la marginación y exclusión que son los síntomas de su estado crónico-mortal.

Me pregunto, ¿dónde está el amor cuando se le niega a muchos pueblos su participación en el mercado?, ¿dónde está el amor al evadir impuestos?, ¿dónde está el amor al no pagar salarios justos, ni siquiera salarios mínimos con las debidas prestaciones?, ¿dónde está el amor cuando se explotan los recursos de los países empobrecidos, sumiéndolos en la miseria y condenándoles a muerte?, ¿dónde está el amor al contaminar suelos y recursos hídricos?, ¿dónde está el amor al obligar a los pueblos empobrecidos a someterse al sistema por vía de la fuerza, por guerras, amenazas, mentiras, destrucción y persecución?
Dos son los signos de la experiencia del amor como criterio universal, que encontramos en este texto joánico: la verdad y vencer el miedo. 

La verdad puede incomodar a quienes están detrás de los sistemas religiosos, políticos, económicos, culturales y sociales hegemónicos, pues seguramente desenmascarará todo aquello que va disfrazado de amor, todo aquello que no va en favor de las grandes mayorías olvidadas, marginadas y excluidas. La verdad generará relaciones y reacciones violentas contra quienes sí buscan vivir y convivir desde, con, para y en el amor. La práctica de la verdad por amor, puede costar muy caro: dar la vida para que otros la tengan en abundancia. 

Para vivir la verdad como valor íntimamente ligado al amor, sabiendo con anticipación que esto puede costar la propia vida, implica, definitivamente, que se vencerá el miedo. Esto suena muy sencillo, sin embargo, se necesita tener muy fuerte la experiencia del amor para vencer el miedo, para no dejarse paralizar por él. El miedo paraliza, inmoviliza, silencia, ensordece, endurece el corazón, encarcela el amor, lo disfraza, lo manipula, genera todo tipo de corrupción y finalmente complicidad al generar muerte. 

Para una persona cristiana, la fuente del amor es y será Dios mismo, la experiencia de Jesús de Nazaret. Esto necesariamente nos lanza como punto de partida en la experiencia del amor, las opciones y los posicionamientos del mismo Jesús: l@s últim@s, l@s nadies, l@s invisibilizad@s, l@s desechables, l@s más pequeñ@s, l@s empobrecid@s, l@s marginad@s, l@s excluid@s. 

Y siempre es y será necesario recordar que la capacidad de amar es algo inherente al ser humano, es una potencialidad siempre latente. Diríamos, desde la fe cristiana, que esa potencialidad siempre latente es Dios mismo allí en el corazón humano, pero no por eso el resto de la humanidad no cristiana lo debe asumir y experimentar de la misma forma.
El amor es el único criterio práctico que nos permitirá convivir en paz, en justicia, en armonía, en fraternidad, en solidaridad, en libertad.

Sólo el amor transforma los desiertos en bosques frondosos. Sólo el amor convierte el corazón de piedra en uno de carne. Sólo el amor derriba muros. Sólo el amor…

domingo, 1 de julio de 2012

EN ESTOS TIEMPOS, SER ATEO PUEDE SER LA MEJOR MANERA DE SER CRISTIANO

SOLO UN ATEO PUEDE SER BUEN CRISTIANO

Por José Miguez Bonino *

La curiosa frase del título no es un mero recurso para llamar la atención. Surgió de un intercambio entre un filósofo ateo, Ernst Bloch, que ha consagrado un profundo interés a la influencia del mensaje bíblico en la historia de la esperanza, y de un teólogo cristiano, Jürgen Moltmann, que ha tratado de reivindicar el lugar central de la esperanza en la revelación bíblica. Fue el primero quien dijo: “Solo un ateo puede ser buen cristiano”, a lo que el segundo respondió: “Solo un cristiano puede ser buen ateo”. He citado estas frases porque resumen de modo admirable la idea que quiero desarrollar.

Frecuentemente pensamos que lo que más importa es que una persona crea en Dios, que crea en su existencia, que tenga fe. El ex presidente norteamericano Eisenhower dijo en una ocasión: “Lo más importante es que el hombre tenga fe; no me importa en qué pero que crea”. En realidad, esto es moneda corriente. Si reflexionáramos un poco, nos veríamos obligados a reconocer, sin embargo, que buena parte de las acciones más bárbaras llevadas a cabo por el ser humano han sido producto de la fe, obra de gente que creía de todo corazón y que tenía, incluso, la convicción de estar sirviendo a Dios. Ni la creencia en Dios ni la intensidad de la fe constituyen una gran garantía. En realidad, lo que importa es, precisamente, en qué Dios creemos, cuál es el contenido de la fe. No deja de ser significativo que los cristianos primitivos fueron acusados de “ateos” y juzgados y condenados como tales por rehusarse a creer en los dioses que regían la vida de la sociedad.

En este sentido, es cierta la frase de Bloch: “solo un ateo puede ser buen cristiano”. Es decir, solo quien niegue ciertos “dioses” puede tener fe en el verdadero Dios. De allí que convenga detenernos por unos momentos en la consideración del ateísmo. ¿Por qué es alguien ateo? ¿Qué respuestas nos dan quienes rehusan creer en la existencia de un Dios?

¿DIOS VERSUS CIENCIA?

Hay quien nos dice: “Yo creo en la ciencia y por lo tanto no puedo aceptar la existencia de Dios”. ¿A qué se debe que alguien vea a la ciencia y a Dios como cosas que se excluyen mutuamente? La simple respuesta es que la religión ha presentado frecuentemente a Dios como sustituto de la ciencia, del conocimiento y de la investigación humanos. No se trata solamente de los casos de fanatismo religioso en que la gente rechaza la ciencia --por ejemplo, el uso de la medicina-- por una fe supersticiosa en que Dios ha de realizar milagrosa o mágicamente las cosas. Pienso más bien en el intento de utilizar a Dios como explicación de aquellas cosas para las cuales no tenemos aun una explicación científica y racional.

Podríamos mirar esto a través de la historia. El ser humano primitivo carecía de explicaciones para una cantidad de cosas. No sabía por qué se sucedían el día y la noche, por ejemplo. Y buscó la explicación en los dioses. Había un dios del día y la luz, y otro de la noche y las tinieblas. La lucha entre ambos, explicaba la sucesión entre noches y días. Bien sabemos cuántas historias distintas de dioses -mitologías- giran en torno a los fenómenos meteorológicos (tormentas, eclipses, mareas, etc.). Pero un buen día descubrimos que los movimientos de la tierra y del sol, la fuerza de la gravedad o la electricidad atmosférica nos permiten descifrar esos misterios. Y entonces Dios nos sobra. La historia se ha repetido mil veces. Siempre quedaba algún hueco donde Dios todavía podía servir de explicación: la vida, la mente humana, la energía. Pero la ciencia va ocupando lentamente todos los huecos. Y Dios es desalojado del universo. Un dios-explicación que sustituye a la ciencia, tiene poco futuro en un universo que va siendo sometido al conocimiento humano. Y de allí que parece no quedar otro camino que hacerse ateo. En este sentido, hay que ser ateo para ser buen cristiano. Porque la fe cristiana rechaza esta sustitución. En el magnífico relato poético de Génesis 1 con el que se abre la Biblia, Dios le da al ser humano el uso y gobierno de la creación. Utilizando una significativa expresión de la época, Dios le da al ser humano la autoridad de “poner nombre” a las cosas, es decir, de conocerlas, regirlas, administrarlas, conocer sus secretos y poder utilizarlas para sus propósitos. En otros términos, Dios encomienda al ser humano la actividad científica y tecnológica. Realizar esa labor no es un desafío a Dios, no es restarle espacio: es colaborar con Dios cumpliendo una tarea que éste ha encomendado al ser humano. Por supuesto, hay preguntas que envuelven toda actividad científica y tecnológica, frente a las cuales la fe tiene algo que decir: qué función tiene la ciencia, para qué se utiliza la tecnología, a servicio de qué proyectos o fines se la coloca. Pero de ninguna manera eso significa que Dios quede ubicado en los rincones todavía no explicados del universo. De ese Dios como sustituto del conocimiento humano también los cristianos somos ateos.

¿DIOS VERSUS SER HUMANO?

Otros dirán: “Yo no creo en Dios porque creo en el ser humano”. “Cuanta más importancia demos al ser humano” -insistirán- “tanto menos lugar le dejamos a Dios”. Se los coloca en dos platillos de la balanza: si uno asciende, el otro baja, y viceversa. “Los religiosos”, se nos dice, “sacrifican el ser humano a Dios”. Para rescatar el valor del ser humano, por consiguiente, hay que “sacrificar a Dios”. En realidad, bien lo sabemos, las religiones han sacrificado muchas veces los seres humanos a Dios, incluso literalmente.

Pero no es necesario remontarse a las culturas que practicaban sacrificios humanos. Cuántas personas piensan, aun hoy en día, que para honrar a Dios hay que despojarnos de nuestra humanidad, de aquellas cosas que hacen la vida humana más rica, más placentera, más plena; en una palabra, más humana: el amor, la alegría, la cultura, la comunión, la amistad. Entonces, quien valora estas cosas, se ve obligado a elegir entre el ser humano y Dios, y se queda con aquel.

Este punto de vista está a miles de kilómetros de distancia de lo que la Biblia enseña acerca de Dios. Y sin embargo es el mismo que ha predominado en vastos sectores del cristianismo y en muchas épocas. Esa fue una de las grandes batallas que Jesús tuvo que librar en su época, con aquellos que hacían de la religión un fin, y del ser humano un esclavo. Dios, por ejemplo, había instituido un día de reposo, para que el ser humano descansara de su labor y pudiera disfrutar de la contemplación del mundo, de la comunidad de los suyos, de la alabanza y la comunión con el mismo Dios. Pero ese reposo había sido transformado en una prisión: no se podía curar un enfermo, no se podía caminar, ni se podía hacer el esfuerzo de cortar una espiga de trigo y comer el grano. Era el día de Dios y por ende un día negado al ser humano. Y Jesús responde indignado: ustedes han puesto las cosas patas arriba. “El día de reposo fue hecho a causa del hombre” y no al revés. ¡Qué mejor manera puede haber de honrar a Dios en ese día que dando salud, alegría y plenitud a la vida del ser humano! “Ustedes, los religiosos”, dice Jesús, “quieren honrar a Dios limitando y poniendo barreras a la vida humana”. Pero, para la verdadera fe, honrar a Dios significa dar libertad, enriquecer la vida, honrar al ser humano. Esa es la voluntad de Dios.

¿DIOS VERSUS JUSTICIA?

Finalmente, algunos nos dirán: “Yo no creo en Dios porque es un instrumento para la explotación y el sometimiento del ser humano”. Nuevamente, hemos de reconocer que frecuentemente ha sido y aun es así. El educador brasileño Paulo Freire, relata los diálogos sostenidos más de una vez con campesinos pobres de su país. La conversación giraba en torno a la situación del campesino: su miseria, el hecho de no poseer la tierra que trabajaba y a menudo tampoco el producto de la misma, la imposibilidad de suplir sus necesidades mínimas y progresar. Finalmente llegaban a la conclusión de que las cosas eran así porque siempre lo habían sido. Uno era campesino porque lo había sido su padre, y su abuelo, y el abuelo de su abuelo. Unos nacen campesinos y otros propietarios: así son las cosas. Y a la pregunta, “¿por qué es así?”, la respuesta del campesino solía ser: “Así lo hizo Dios”. Fijémonos lo que esto quiere decir: si Dios lo hizo así, si Dios lo quiere así, no hay que cambiar la situación. Intentar cambiarla sería desobedecer la voluntad de Dios. El argumento ha sido repetido más de una vez por propietarios y religiosos: “Dios ha hecho ricos y pobres, propietarios y campesinos, y no hay que tocar el orden creado por Dios”. Quien se rebela contra ese “orden” lógicamente se rebela contra el Dios que lo ha creado y lo mantiene. Si Dios garantiza el estado actual de las cosas, para cambiarlo hay que rechazar a Dios.

Una vez más, una lectura bastante superficial de las páginas de la Biblia -desgraciadamente bien ocultadas, muchas veces por las mismas iglesias- alcanzaría para dar por tierra con ese Dios. Es importante decirlo con toda claridad: el Dios de la Biblia de ninguna manera garantiza la propiedad del explotador ni ha autorizado la esclavitud del sometido. Por el contrario, como lo dice uno de los profetas, quienes sotienen ese orden de cosas “no conocen a Dios”. Por el contrario, el gobernante que hace justicia y protege el derecho del débil y del pobre, ese es el que “conoce a Dios” (Jeremías 22:13-16).

Por lo tanto, cuando alguien dice: “Yo no creo en Dios porque creo en la ciencia”, o “Yo no creo en Dios porque creo en el ser humano”, o “Yo no creo en Dios porque creo en la justicia”, debo responderle que yo tampoco creo en ese Dios. Y que solamente quien sea un apasionado ateo de ese “dios” puede ser verdaderamente cristiano. El que adora a un dios que sustituye a la ciencia, o que rebaja al ser humano, o que garantiza situaciones de injusticia, ha depositado su fe en un dios falso. Cuanta más fe tenga, tanto peor. Porque su fe no está dirigida al verdadero Dios.

¿CREYENTE O IDÓLATRA?

¿Cómo es posible que ocurran esas aberraciones? ¿De dónde provienen esos dioses falsos? La Biblia repite frecuentemente que los seres humanos nos inventamos dioses, los fabricamos. Por supuesto, es claro que fabricamos “imágenes” de dioses. Un profeta, Isaías, se burla de quienes toman un trozo de madera y lo tallan para hacerse una imagen. Con las astillas que quedan -dice Isaías- hacen fuego y se preparan un asado. Y la talla que han hecho con la misma madera la colocan sobre un pedestal, se inclinan ante ella y le ruegan: “Dios mío, sálvame”. Ridiculiza así la adoración de imágenes. Pero, más profundamente, se denuncia toda esa mistificación por las que nos fabricamos ideas de Dios, conceptos de Dios, a la medida de nuestras conveniencias e intereses. Inventamos dioses para defender nuestros intereses, para justificar nuestra tranquilidad culpable frente al mal, para ahorrarnos el esfuerzo de luchar por un mundo mejor, para justificar nuestro egoísmo personal, de familia, de clase o de nación. Y después los adoramos, cuando en realidad nos estamos adorando a nosotros mismos. Por ejemplo, Jesús dice que “no se puede adorar a Dios y a Mammón” (el dios del dinero o la riqueza). Y el apóstol Pablo dice que “la avaricia es idolatría”, es decir la adoración de un dios falso.

Es cierto que no siempre nos damos cuenta de lo que estamos haciendo. A veces, porque no le damos carácter religioso. Decimos que no somos religiosos, que no nos interesa la religión, pero en realidad hemos hecho de alguna de estas cosas -la riqueza, el poder, la comodidad- un dios y lo sacrificamos todo a ellas. O, lo que en realidad es peor, nos llamamos cristianos, decimos que adoramos al Dios verdadero, que creemos en Jesucristo pero, en realidad, bajo esos nombres ocultamos nuestros propios intereses egoístas, de grupo o de clase. Hemos mantenido el nombre de Dios, pero hemos vaciado su contenido. No hay verdadera fe si no se destruyen esos dioses falsos. Este es el primer problema: para creer en Dios hay que descreer de los dioses que nos fabricamos, hay que comenzar por ser ateos de estos dioses.

EL DIOS QUE NO ESTÁ SOLO

La lucha del Dios verdadero contra los dioses falsos es uno de los temas constantes de la Biblia. Esto nos obliga a preguntarnos: ¿qué es el verdadero Dios?, o mejor: ¿cómo es?, o tal vez más precisamente: ¿quién es?. Un diario de Buenos Aires traía un comentario acerca de Dios que terminaba diciendo una antigua definición: “Dios es el uno, el que está solo”. En realidad, esta afirmación es casi la mayor herejía, la mentira más grande que se puede decir acerca de Dios. En términos de la fe cristiana como se manifiesta en la Biblia, como la enseñó y vivió Jesucristo, Dios es, precisamente, el que nunca está solo, el que no ha querido estar solo. Dios es el que ha decidido crear un mundo y relacionarse con él. Más aun, Él ha creado al ser humano, para hacer con él una sociedad, para invitarlo a trabajar juntos en la transformación y perfección de lo creado.

Desde el comienzo Dios dice al ser humano: “vamos a hacer juntos este mundo”. Él ha puesto los fundamentos, ha dado una realidad, un mundo como un huerto para ser labrado, para que fructifique y se hermosee. Y ha creado una familia humana para que crezca y se constituya en comunidad de trabajo y de amor. Y Dios invita: “Vamos a hacer juntos este mundo”; comienza a “cultivar el jardín”, a administrar y gobernar el mundo, a poner nombre y descubrir el secreto de la vida y hacerla rica y útil. Es más, en ese mismo relato bíblico, cada vez que el ser humano quiebra esta sociedad -y lo hace constantemente- Dios vuelve a proponerla, la rehace, y le da un nuevo futuro y una nueva tarea.

El Dios verdadero no es “el que está solo”. Por el contrario, es quien invita al ser humano a estar con Él. Es un Dios que se ocupa de los demás, del mundo y del ser humano más que de sí mismo. Esto es sumamente sugestivo porque habitualmente pensamos en un Dios que está allá, distante, aguardando que los seres humanos piensen en él, se ocupen de él, traten de agradarle o satisfacerle. El Dios de la Biblia, en cambio, está constantemente ocupado en el mundo, en su curso, en la creación de la vida y en su plenitud, en la justicia y la verdad entre los seres humanos. Cuando le habla al ser humano -como ocurre frecuentemente en la Biblia-, no es para hablar de sí mismo sino de su propósito, y su deseo para el mundo y para los seres humanos. No hay en la Biblia discusiones de la naturaleza o del ser de Dios. El tema de conversación de Dios con el ser humano es el ser humano mismo. Quien no se interesa en éste no tiene de qué hablar con Dios. Porque Dios está totalmente concentrado en su proyecto para el mundo, e invita a los seres humanos a pensar en este proyecto, a tomarlo en serio, a comprometerse con Él para realizarlo. Este es el comienzo de la fe.

El símbolo central de la fe cristiana, la cruz, es la afirmación más rotunda de esta decisión de Dios de estar con los seres humanos. Tan en serio ha tomado Dios su compromiso con el ser humano en la realización de este proyecto, que no vacila en arriesgarse en participar de la vida humana aun en su pobreza y su fragilidad, incluso hasta la muerte, para restaurar la sociedad con el ser humano. El Dios de la Biblia es Dios para los otros y no para sí mismo. Es un Dios que sufre, que se juega, que correo riesgos en su proyecto de crear un mundo. Cuando mencionamos a Jesucristo estamos hablando de esto, de una “apuesta” que Dios hizo a favor del ser humano, colocándose a sí mismo como garante. Y dio su vida. Con razón que se sintieron desorientados y perplejos los filósofos que habían imaginado un Dios a su semejanza: una especie de filósofo universal, ensimismado en sus propios pensamientos, contemplando desapacionadamente el mundo. Este Dios cristiano, “de carne y en la carne”, como decía un pensador español, este Dios apasionado que se deja golpear e insultar, y crucificar, para sellar una voluntad de transformación del mundo, solo éste es, en términos cristianos, el Dios verdadero.

EL DIOS PODEROSO PERO NO TIRANO

Alguno dirá, sin embargo: “Esto de que Dios quiere estar con los seres humanos, que participa en las contingencias de la historia, que corre riesgos, ¿quiere decir que Dios no es poderoso?, ¿qué no es soberano?”. Parecería que un Dios así casi no es realmente Dios. Pero hagamos una pausa y preguntémonos: ¿qué significa ser soberano?, ¿qué es ser poderoso?. Como a menudo ocurre, definimos los términos por nuestra cuenta, aparte de cómo Dios mismo los ha definido, y luego se los adjudicamos. Así hemos pensado “poderoso” y “soberano” tal y como nuestro egoísmo y nuestro ser deshumanizado pretenden serlo. Jesús mismo tuvo que corregir un día a sus discípulos sobre este tema. Ustedes, les dijo, hablan de poder y autoridad. Pero hablan en los términos de “los poderes de la tierra” que se apoderan de aquellos sobre quienes tienen autoridad y los someten. Pero para ustedes las cosas no han de ser así. Por el contrario, miren mi propia autoridad y poder -me he comportado como un servidor-. “El que quiera ser el más importante entre ustedes, hágase servidor de todos”.

Aquí hay una concepción distinta del poder. Si queremos hallar términos de comparación, pensemos en el poder creador del artista, que trabaja y vuelve a trabajar la arcilla, que compone y recompone y revisa. No pensemos en el mago cuya varita mágica toca las cosas y se hacen solas. Dios es poderoso como el artesano que no se fatiga ni se desalienta, que sigue trabajando con infinita paciencia y perseverancia, que recomienza cuantas veces sea necesario hasta lograr crear lo que está deseando, su proyecto. Es poderoso porque es fiel a su obra, porque no se aburre ni se fatiga hasta que completa su obra. O pensemos en el buen gobernante: no en el tirano que avasalla y domina a su pueblo. El buen gobernante es el que estimula a su pueblo, lo guía en la búsqueda de sus metas, le señala el camino, lo habilita para lograr juntos un destino. Dios no es un gobernante que fije arbitrariamente el camino de su mundo o lo dirija mágicamente desde arriba: es el soberano que guía, estimula, acompaña a su pueblo.

Creer, en términos cristianos, significa entrar en sociedad con ese Dios que trabaja con el ser humano. Es firmar un contrato por el cual nos comprometemos a participar en su proyecto para el mundo, a hacer nuestro ese proyecto. Es decisivo, por lo tanto, saber qué contrato firmamos y con quién. No es lo mismo hacerlo con cualquiera de los dioses que inventamos o con el Dios que la Biblia nos muestra, el Dios que nos llama a crear con Él un mundo en el que valga la pena vivir.

* José Miguez Bonino fue pastor de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina (IEMA) y profesor y rector del Instituto Superior Evangélico de Estudios Teológicos (hoy Instituto Universitario ISEDET). Reconocido internacionalmente como teólogo, docente y escritor, contaba con dos doctorados en teología otorgados por la Universidad de Estrasburgo y el Union Theological Seminary de Nueva York respectivamente, y un doctorado en teología ‘honoris causa’ otorgado por la Universidad Libre de Amsterdam. Participó del Concilio Vaticano II como el único observador latinoamericano no católico romano; fue presidente del Consejo Mundial de Iglesias (CMI); fue miembro fundador de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) y del Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos (MEDH).

jueves, 24 de noviembre de 2011

LAS OPCIONES RIDÍCULAS E INAUDITAS DE DIOS CAUSAN ESCÁNDALO



Lc 7, 18-23
En primer lugar, es necesario indicar que la perícopa sugerida Lc 7, 18-23 es una unidad literaria con sentido, pues se encuentra entre dos unidades claramente definidas: Lc 7, 11-17 y Lc 7, 24-30.
En la perícopa que antecede (7, 11-17) a Lc 7, 18-23 existe un cambio de lugar, se da un desplazamiento de Jesús desde Cafarnaún (v. 1) a la ciudad llamada Naín (v. 11), y se desarrolla un relato de milagro de resurrección. Esta perícopa precedente concluye con una expresión de glorificación a causa de la presencia de Dios manifestada en Jesús (v. 16), y cómo se propagaba esta noticia por toda Judea y las regiones cercanas (v. 17). En esta perícopa, los personajes son Jesús y sus discípulos, la viuda y su hijo, y la gente de la ciudad.
En la perícopa que nos ocupa, Lc 7, 18-23, se indica que a Juan le llegaron a contar sus discípulos todas las noticias que les llegaban acerca de Jesús, es decir, que la gente glorificaba a Dios por su manifestación en Jesús, debido a los milagros que realizaba (v. 18). Se da un cambio en los personajes, pues aparecen Juan y sus discípulos (v. 18), Jesús y la gente con enfermedades, dolencias, cegueras y malos espíritus (v. 21). Se supone que, implícitamente, siguen presentes los discípulos de Jesús y la gente de la ciudad. Los discípulos de Juan ven lo que Jesús hace y escuchan lo Jesús les dice, y les envía de vuelta a Juan (v. 21-22), haciéndoles la invitación a que no se escandalicen por todo ello (v. 23).
En la perícopa que le sucede (7, 24-30) a Lc 7, 18-23, se dice que al irse los discípulos de Juan, Jesús comienza a hablar de Juan a la gente (v. 24), reconociendo a Juan como un gran profeta, el más grande de todos (26-28). Y concluye indicando que los fariseos y los legistas frustraron todo el plan de Dios sobre ellos, al no aceptar el bautismo de Juan (v. 30).
En la perícopa que nos ocupa (7, 18-23) existe una pregunta que parece tener una importancia fundamental “¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?” (v. 19.20). Juan y sus discípulos aparentemente no están convencidos que Jesús sea el Mesías, él que todo el mundo esperaba. Juan y sus discípulos pueden representar también la duda de los discípulos de Jesús, de la comunidad de Lucas, y de la gente que veía los signos, los milagros que Jesús realizaba: “¿Será que éste es o no?”
Ante la duda expresada, ante la pregunta fundamental, Jesús responde con hechos: “curó a muchos de sus enfermedades y dolencias y de malos espíritus, y dio vista a muchos ciegos” (v. 21), y con palabras: “Vayan y cuenten a Juan lo que han visto y oído: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva” (v. 22).
Nunca se expresó en el texto una respuesta tajante y explícita: “Sí, yo soy el que había de venir”. Simplemente que el que tenga ojos vea y el que tenga oídos que oiga, pues “a buen entendedor, pocas palabras”. Sin embargo, parece que causó cierto escándalo (v. 23) que el que había de venir, viniera a traer la Buena Nueva a los pobres. Parece inaudito que tanto tiempo que el pueblo ha estado esperando que Dios se manifieste, que Dios visitase a su pueblo, para que, cuando eso ocurrió, tuviese que ser precisamente a las personas más insignificantes, despreciables y olvidadas del pueblo. Es ridículo pensar que Dios escoja esa gente para ser la que sea visitada por Dios, la destinataria de la Buena Noticia de Dios.
Por eso hoy, ante lo que hemos visto y escuchado de Jesús, nosotros podemos seguir no sólo con dudas, sino además escandalizados ante la opción de Dios, ante su manifestación en la vida, porque ayer como hoy siguen siendo los pobres los destinatarios de la Buena Noticia y eso sigue sonando ridículo e inaudito. Por eso, feliz quién no se escandalice por la opción de Dios, por la manera en cómo visita a su pueblo. Sólo si somos capaces de dejar a Dios ser Dios, podremos reconocer a Jesús en nuestra historia, en nuestras vidas y hacer las mismas opciones que él hizo. Y la gente podrá ver y escuchar que la Buena Noticia es anunciada de nuevo para los pobres a través de las comunidades cristianas.

viernes, 12 de agosto de 2011

EVANGELIO Y HAMBRUNA

Dom 14 8 11 Primer dogma: Que la niña de Somalia coma
11.08.11 | 08:14. Archivado en mujer, religión-religiones, Nuevo Testamento, Domingo, dia de la Palabra, Amor, Pobreza, Política




Domingo 20, tiempo ordinario, ciclo A. Va a venir el Papa a Madrid, para reunir a cientos de miles (¿dos millones?) de jóvenes ricos, recordándoles el principio del evangelio. Pues bien, según el evangelio de este domingo, ese principio del evangelio no es la Eucaristía Sacramental (por santa que sea), ni la Oración cerrada (por necesaria y excelsa que sea…). El principio del Evangelio es dar de comer a la niña hambrienta y enferma.
Este pasaje nos sitúa de manera directa ante el hambre de los niños en Somalia, cristianos o musulmanes (el hambre no tiene religión). Jesús ha discutido con los buenos judíos… y quiere retirarse por un tiempo a la zona pagana de Tiro. Allí sale a su encuentro una madre cananea, pagana, pidiéndole por su hija… Jesús quiere evadirse, tiene otras cosas que hacer (cosas de judíos, de discípulos estrictos). Pero la mujer insiste, y Jesús descubre que su tarea primera es alimentar a los niños, sean o no paganos.
Esta madre pagana de Tiro (hoy sería musulmana) enseña a Jesús la mayor de las lecciones. Jesús, siendo Dios, aprende. Hoy nos salen al encuentro las madres de Somalia, con niñas que no están "enfermas" en sentido médico... Simplemente tienen hambre. Podemos responder como Jesús: Primero están los hijos.... Pero la mujer insiste, y Jesús aprende, dando de comer su pan a la niña. ¿Aprenderemos nosotros?
Mateo 15,21-28. El hambre de la niña enferma
En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: --
--Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.
Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:
Atiéndela, que viene detrás gritando.
Él les contestó: "Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel."
Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió: "Señor, socórreme."
Él le contestó: "No está bien echar a los perros el pan de los hijos."
Pero ella repuso: "Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos."
Jesús le respondió: "Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas." En aquel momento quedó curada su hija.
Una mujer pagana, una hija enferma
Esta mujer es “cananea”, signo viviente de los pueblos que a lo largo de siglos han luchado contra los judíos en la misma tierra Palestina y/o de su entorno, desde la época de los jueces y de Elías hasta la restauración de Esdras-Nehemías y las guerras de los macabeos. Ella representa a toda la gentilidad.
El texto la presenta simplemente como mujer (gynê). Es muy posible que un judío habría malinterpretado la ausencia de esposo: ¡No es legítima, ella encarna la prostitución de cananeos y gentiles! Pues bien, ella aparece ante el Kyrios (es decir, ante el Señor poderoso de Israel) como necesitada, sin más. Todo el mundo gentil, la humanidad entera ha venido a condensarse en esta madre con su hija enferma.
El signo de humanidad es una mujer que no logra transmitir vida a su hija, que parece dominada por un demonio impuro… un demonio que, en el contexto posterior, se identifica con el hambre (no tiene pan…, no puede compartir el pan de la mesa de los hijos). La buena ley israelita las habría rechazado, porque contaminan a los puros judíos (cf. Esd 9-10). Pero Mateo la presenta como maestra mesiánica de Jesús.
Una discusión teológica y social:
a. Jesús le dice: “Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel”. Ésta es la teología oficial, la teología de una Iglesia que se cierra en sus fieles, “las ovejas descarriadas” de la Iglesia
b. Pero la mujer insiste: "Señor, socórreme." No le interesa la teología de Jesús, ni los principios de la Escritura israelita… Le interesa su hija, quiere a su hija, quiere darle pan. Y ese “querer” de la madre aparecerá enseguida como más importante que todos los dogmas del buen Jesús “eclesial”, enviado a las ovejas de Israel.
c. Jesús también insiste en lo suyo, defendiendo otra vez su teología: "No está bien echar a los perros el pan de los hijos." Jesús distingue así lo bueno y lo malo, lo conveniente y lo no conveniente… Hay buenos “hijos de Dios”, raza pura que se debe alimentar y proteger…Los demás, los otros (cananeos, paganos… ¿musulmanes? ) son perros. No es bueno alimentar a los perros, hay que cuidar a los hijos. Estas palabras del Jesús de Mateo son quizá las más duras del evangelio, son palabras del Jesús dogmático…
d. Pero ella repuso: "Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos." Ella no discute la teología, da la razón a Jesús… Pero argumenta desde otra perspectiva: También los perros tienen derecho, derecho a las migajas… un trozo de pan que les sobra a los hijos…
Una mujer que cambia a Jesús. Cambiar la teología al ver la necesidad de la hija
Ésta es una conversación muy dura, pero inmensamente clara, en la que Jesús se deja cambiar por el argumento y dolor de esta mujer pagana. Desde su propia impotencia (engendra a su hija y no logra ofrecerle pan, quizá porque los “hijos se lo comen todo”), esta madre presenta su problema a Jesús. Es imperfecta (no logra transmitir vida madura a su hija), pero busca a Jesús.
El evangelio ha dejado en segundo lugar (ha silenciado o superado) otros rasgos que serían esenciales para el judaísmo legalista: la posible idolatría de la mujer (adora a dioses falsos), su identidad política (es cananea, no acepta el orden social del judaísmo), para destacar sólo el hecho de que ella es una madre humanamente fracasada, pero que cree en Jesús y que puede ser curada (ella y en especial su hija).
El texto dice expresamente que es cananea, opuesta a la buena “iglesia” de los judíos puros, que son hijos de Dios. Pero la misma mujer se encarga de decir a Jesús que ante el dolor por su hija resultan secundarias las diferencias de raza y religión. Jesús no había venido para conversar con ella, ni para curar a su hija, pues bastantes problemas ha tenido en Galilea, al enfrentarse con las leyes de pureza que está imponiendo un tipo de judaísmo de escribas y fariseos. Él había venido a ocultarse, pero Dios guía su camino, para que suceda este encuentro con la mujer pagana y su niña enferma.
Jesús ha empezando respondiendo con buena teología:
Él tiene que ocuparse de su Iglesia, no puede dar el pan de los hijos… a los perros. Así responde, como está mandado, según la tradición y teología israelita: primero han de comer los judíos, en abundancia mesiánica. Sólo después, como una consecuencia, cuando los judíos hayan “comido” podrá extenderse la hartura del banquete final a los “perrillos”, es decir, a los gentiles. Esa palabra es fuerte, pero Jesús debe decirla, si quiere mantener la tradición israelita. No habla en nombre suyo, sino en nombre de la ley y teología de su pueblo, en nombre de sus Doce enviados israelitas.
Pero la mujer tiene un argumento mejor que el de Jesús: el hambre de su hija.
Ella acepta la teología israelita (primero los hijos….), pero añade que también los perros tienen un derecho… La mesa de los hijos esta llena… Sobran panes, sobre en occidente millones de bienes de consumo… Ella sólo pide unas migajas. Así responde, respetando la prioridad israelita, pero profundizando en ella, de forma sorprendente, en línea de sabiduría universal. Esta mujer acepta las palabras de Jesús (distingue entre hijos y perrillos), pero las invierte recordándole al Señor (Kyrios) de Israel que su banquete es abundante, que sobra pan (se desborda de la mesa), que es tiempo de hartura universal.
No pide para el futuro (cuando se sacien finalmente, del todo, los hijos...) sino para el presente, para este mismo momento, suponiendo que los hijos (si quieren) pueden encontrarse ya saciados y les sobra. De esa manera convence a Jesús con la lógica de su maternidad frustrada (se le muere la hija) y esperanzada. Ésta es una mujer que cree, cree con su amor de madre, sabe que el amor de su maternidad tiene sentido y que Jesús, mesías de Israel, debe ayudarla en el camino de maduración de su hija. Ante su necesidad pasan a segundo plano los argumentos de pureza e impureza, de buen pueblo y mal pueblo, el signo de los Doce hijos judíos y de la multitud de los gentiles.
Significativamente, según el evangelio, en este momento clave de la trama de Jesús, cuando se rompe el nacionalismo religioso israelita y el pan del reino se abre a los gentiles (los perrillos), ha sido necesaria esta mujer pagana, que aparece como maestra de Jesús. Ella sabe algo que Jesús ignora, porque tiene una hija hambrienta...Esta mujer aparece así nueva Eva de la reconciliación: no rechaza a los "hijos" antiguos (a los israelitas que son hijos); pero quiere un puesto para los "perrillos" en la mesa grande del banquete mesiánico.
Jesús le respondió: "Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas." En aquel momento quedó curada su hija.
A Jesús le convence el argumento de la mujer, de manera que acepta su lógica de madre (persona) y aprende por ella a actuar como Kyrios universal. Ella le ha convencido para que llegue hasta las últimas consecuencias de su mensaje: el banquete de pan compartido, la mesa abundante de nueva familia (la iglesia) ha de abrirse a todos los seres humanos. Así supera o rompe el muro que escindía a judíos y gentiles. En la casa de frontera de Tiro, Jesús ha recibido el impulso de fe de esta madre pagana que le ha “convertido” al mesianismo universal, diciéndole algo que él no había experimentado antes, de un modo concreto.
Para poder decir lo que ha dicho y hacer lo que ha hecho, Jesús ha tenido que exponer a esta mujer su proyecto (¡primero los hijos, no es bueno alimentar a los perros…), pero después se ha dejado convencer por ella, por su logos de mujer, por su razonamiento, que va en la línea del razonamiento de Dios.
Esta mujer pagana y, sólo ella, le ha hecho comprender el plan de Dios. Por eso, Jesús ha tenido que ponerse en su lugar, escuchando lo que ella le ha dicho, sintiendo lo que ha sentido, desde el otro lado de la pureza israelita. Sólo así, escuchando a esta mujer, Jesús puede aprender y aprende algo que no se podía desde el interior del judaísmo. Para saber de vedad hay que pasar a la otra orilla, mirando desde el otro lado. Es lo que hace esta mujer, ayudando a Jesús.
UN JESÚS QUE CAMBIA, UNA IGLESIA QUE DEBE CAMBIAR
Jesús acepta el argumento de la mujer, como Mesías que debe escuchar a los hombres y mujeres, dentro y fuera de Israel. Este Jesús no tiene la respuesta ya fijada, no posee una verdad inmutable. Su respuesta y verdad se mantiene y despliega en diálogo con esta mujer, que le ofrece su palabra de dolor esperanzado, de manera que todos los argumentos del mesianismo puramente intra-israelita cesan ante ella. Esta mujer, humanidad sufriente, es principio hermenéutico del nuevo mesianismo.
Ella es sin duda una mujer concreta que sufre por su hija, pero, al mismo tiempo, es signo de todo el paganismo, de aquello que Pablo presentaba como el mundo de los griegos (gentiles), tan opuesto al judaísmo (cf. Gal 3,28; Rom 10,12). Como buen judío (¡que no conoce lo que sienten los gentiles!), Jesús había empezado exponiendo la dogmática israelita, distinguiendo hijos de “perrillos” y diciendo a la mujer: «¡espera!».
La mujer cananea no niega el “dogma” judío, no discute la precedencia de Israel, pero encuentra en el gesto de de Jesús (que ha ofrecido mesa abundante, con muchas sobras, para los hijos) un hueco abierto a la esperanza de los gentiles, pues sabe que en ese banquete hay pan suficiente para todos. Jesús no tiene que cambiar su “dogma”, sino ampliarlo, conforme al principio que él mismo ha expuesto en las multiplicaciones. Esta mujer no quiere quitar el pan a nadie, no es vengativa, reivindicativa o egoísta, sino que hace algo mucho más profundo: se introduce en el movimiento de gracia (de pan) del mensaje-vida de Jesús, y desde la periferia de ese movimiento pide unas sobras de pan para su hija, apareciendo así como la primera hermeneuta de la multiplicación de los panes, de manera que entiende aquello que los discípulos no habían entendido cruzando el mar en barca.
EL PRIMER DOGMA DE LA IGLESIA
No es el Creo de Nicea, ni la Eucaristía de los buenos en los Cuatro Vientos (cosas muy importantes). El primer dogma es que las madres puedan dar de comer a sus hijos e hijas… madres cananeas o somalíes.
El texto nos dice que Jesús cambió ante el argumento de la madre, que le habla de su hija enferma/hambrienta…
El evangelio de este domingo nos invita a cambiar, con Jesús… para que todas las madres puedan dar de comer a sus hijos hambrientos de pan y de palabra.

http://blogs.periodistadigital.com/xpikaza.php/2011/08/11/dom-6-8-11-primer-dogma-que-la-nina-de-s

HAMBRUNA Y JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD

Los viajes del Papa y los viajes de Jesús
09.08.11 | 08:59. Archivado en Iglesia católica




Sin duda, mucha gente pensará que es un despropósito relacionar los viajes del Papa con los viajes de Jesús. Veinte siglos separan unos viajes de otros. Y casi todas las circunstancias, que rodearon y rodean una cosa y otra son tan distintas, que relacionar aquello con esto no puede tener otra finalidad que terminar diciendo que aquellos viajes no tienen nada que ver con éstos. Con lo que, a fin de cuentas y si todo esto es así, lo que aquí se pretendería sería sencillamente desprestigiar al Papa.
Por supuesto, a quien piense como acabo de indicar no le faltan razones para hacerlo. Pero también digo que, si el solo título de este artículo pone nerviosas a algunas personas, quizá se pueda pensar razonablemente que, al menos de entrada, nadie tendría por qué tener prevenciones de que, a propósito del viaje del Papa, se diga algo de cómo, por qué, para qué y con quién viajaba Jesús. ¿No decimos que el Papa es el Vicario de Cristo en la tierra? El Diccionario de la RAE dice que Vicario es el “que tiene las veces, poder y facultades de otro o le representa”. Pues - digo yo -, si el Papa representa a Jesús, salvando todas las diferencias, algo tendrán que ver estos viajes con aquellos.
Y así es. Jesús viajaba para hablar de Dios. Y para eso viene el Papa a Madrid. Jesús viajaba para buscar a los alejados de Dios. Y para eso se ha organizado la Jornada Mundial de la Juventud, ya que hay razones para pensar que los jóvenes son uno de los sectores de la población más alejados de la fe en Dios. Jesús viajaba para consolar a los que sufren. Y no cabe duda que la visita del Papa servirá de consuelo a no pocas personas atribuladas. Todo esto es cierto. Pero también es verdad que Jesús viajaba de forma que las “multitudes”, que acudían a él para escucharle, eran gentes que los evangelios designan normalmente mediante la palabra griega “óchlos”, que aparece 170 veces en los evangelios. Y que designa, no sólo una cantidad grande de gente, sino además gente ignorante, de condición social humilde y que era considerada por los piadosos como “gente que desconocía la ley religiosa y estaba maldita”, según decían los más observantes religiosos (Jn 7, 49). Si los autores de los evangelios disponían de otras palabras griegas (“démos”, “láos”, “éthnos”...) para designar al pueblo que acudía a Jesús, ¿por qué normalmente utilizan la palabra más despectiva que tenían a mano? ¿Qué atractivo extraño tenía aquél itinerante incansable que fue Jesús?
Al hacerme estas preguntas, no pretendo cuestionar ni el costo económico que va a tener el viaje del Papa, ni lo que pretenden quienes han organizado este viaje, ni lo que buscan los que van a viajar hasta Madrid para escucharlo. Yo me pregunto algo que es mucho más grave, más apremiante, más fuerte: estando como están las cosas en los países del cuerno de África, donde cientos de miles de criaturas se mueren de hambre y de escasez, y en vista de que los países más poderosos del mundo no le ponen remedio a esa situación tan angustiosa, ¿por que el Papa no se va, de momento al menos, a Somalia y Kenia, y se queda allí, en los campos de refugiados, hasta que no se le ponga un remedio eficaz a esta situación de tantos seres inocentes que se debaten entre la vida y la muerte? Si hay fundadas esperanzas de que un gesto así del Papa fuera un zarandeo a la conciencias de tantos multimillonarios que podrían aliviar el presente estado de cosas, ¿por qué no lo hace el Papa? ¿No es más necesario, más importante, más humano, más evangélico, en este dramático momento, irse con los pobres moribundos que entrar triunfante en el apoteósico recibimiento que se le va a hacer en Madrid?
Y conste que me voy a poner el parche antes de que me salga el grano. Porque son muchos los que van a decir que todo esto es demagogia barata, utopía inútil, etc, etc. Pero aun a riesgo de que se me eche en cara todo eso, y mucho más, no voy a dejar de decir lo que siento, ante una necesidad tan patente y que tanto clama al cielo. Es más, si lo digo, no es para atacar a la Iglesia o al Papa. Todo lo contrario. Lo digo porque tengo la convicción firme de la fuerza que tienen la Iglesia y el Papa para mover corazones y conciencias cuando está en juego la vida o la muerte de tantos seres débiles, los más indefensos y desamparados.
Por supuesto, que el Papa se reúna con los jóvenes y les remueva las conciencias, les indique el camino del Evangelio y les descubra horizontes de humanidad. Pero, por favor, lo primero es lo primero. Y, sin duda alguna, lo más urgente, en este momento, es salvar la vida de tantas personas que son los “nadies” de este mundo. Y termino afirmando que esto no es sólo para el Papa y los obispos. Es para todos. Para mí el primero. Para que todos tengamos el coraje de afrontar una situación que no admite espera.
http://blogs.periodistadigital.com/teologia-sin-censura.php/2011/08/09/los-viajes-del-papa-y-los-viajes-de-jesu

miércoles, 9 de junio de 2010

JESÚS: HASTA EXCLUIRSE POR DIGNIFICAR A LOS EXCLUIDOS




Jesús fue una persona sumamente conflictiva debido a su opción radical por la defensa de la vida. Es totalmente reveladora la actitud de Jesús ante las personas excluidas de su tiempo, veamos un hecho que nos presenta Mc 1, 39-45:

Y Jesús empezó a visitar las sinagogas de aquella gente, recorriendo toda Galilea. Predicaba y expulsaba demonios.
Se le acercó un leproso, que se arrodilló ante él y le suplicó: “Si quieres, puedes limpiarme.” Sintiendo compasión, Jesús extendió la mano y lo tocó diciendo: “Quiero, queda limpio.” Al instante se le quitó la lepra y quedó sano. Entonces Jesús lo despidió, pero lo ordenó enérgicamente: “No cuentes esto anadie, pero vete y preséntate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda que ordena la Ley de Moisés, pues tú tienes que hacer tu declaración.”
Pero el hombre, en cuanto se fue, empezó a hablar y a divulgar lo ocurrido, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en el pueblo; tenía que andar por las afueras, en lugares solitarios. Pero la gente venía a él de todas partes.


Este relato contiene una fuerza que nos resulta difícil de entender en nuestra sociedad y cultura, pues expresa el empeño y el compromiso de Jesús por defender la dignidad de la vida; y también la conflictividad que ello desencadena.

En efecto, en la actualidad, curar a un leproso es una acción buena y meritoria. En la sociedad en que vivió Jesús, este asunto se veía de otra manera. En la Biblia y en el judaísmo de aquel tiempo, la lepra era uno de los peores males que podían afectar al ser humano (Cfr. Lv 13; Nm 12), conllevaba la Exclusión total de la persona enferma. Quien tenía semejante desgracia era, no sólo un enfermo incurable y repugnante (pues para los rabinos, curar a un leproso eran tan difícil como resucitar a un muerto), sino además, y sobre todo, un impuro, un castigado por Dios (Nm 12, 9ss.; Lv 13, 45ss.; 2 Re 5, 27; 2 Cro 26, 16-21), ya que la lepra era “la hija primogénita de la muerte” (Job 10, 13), y el que la padecía quedaba fuera, excluido del grupo, lejos de la gente y tenía que vivir en descampado y tenía que gritar su estado de impureza para que nadie se le acercara, pues la gente estaba temerosa de quedar físicamente contagiada y religiosamente contaminada (Lev 13, 45-46).

En otras palabras, el leproso era no el marginado, sino el excluido total: físicamente, socialmente y religiosamente. Ahora bien, Jesús liberó a este hombre de semejante Exclusión, y lo liberó por completo. Jesús le devolvió la salud y, sobre todo, le restituyó la dignidad que la religión establecida le había quitado, ya que, las convicciones religiosas le metían a la gente en la cabeza la idea de que Dios era el que, ante todo y sobre todo, rechazaba a la persona desgraciada que padecía la lepra.

El relato no sólo afirma que Jesús liberó a aquel hombre de la Exclusión, sino, además, que eso le costó a Jesús pasar a ser él un excluido. ¿Por qué? La ley religiosa judía prohibía tocar a los leprosos, de manera que quien los tocaba incurría también en impureza (Lv 5, 3; Nm 5, 2-3). Y Jesús decidió curar al leproso tocándolo (Mc 1, 41). Además, en cuanto se vio sano y purificado, el hombre se dedicó a pregonar, a los cuatro vientos, lo que Jesús había hecho con él. Es la expresión de alegría porque Dios aceptaba y acepta a las personas que la religión y la sociedad excluye.



Jesús se vio inmiscuido en una realidad sumamente delicada y comprometedora, pues él bien conocía la Ley. Estaba desautorizando las prescripciones de una religión alienada que oprimía y excluía a las personas más desgraciadas y asumiendo las consecuencias que le trajera el no-excluir.

La consecuencia inmediata: “Jesús ya no podía entrar públicamente en el pueblo; tenía que andar por las afueras, en lugares solitarios.” El hecho de que Marcos esté sugiriendo que Jesús tenía que quedarse en lugares solitarios, despoblados, en las afueras del pueblo, nos puede indicar hasta dónde llegó la solidaridad de Jesús con las personas más excluidas de aquella sociedad. Jesús se convirtió en un leproso, en un impuro y por ello debía correr la misma suerte del hombre que padecía la lepra, que estaba excluido. Marcos está sugiriendo que Jesús quedó excluido para la religión y la sociedad.

Como se ha dicho muy bien, “se produce así una subversión teológica: los que piensan pertenecer por propio derecho al pueblo de Dios y excluyen de él a otros, quedan fuera del Reino, mientras los excluidos por ellos son admitidos en él. El Reino de Dios y la institución y ley judía son inconciliables”.

Un rasgo típico, exegéticamente comprobado, de Jesús, es su comida con las personas excluidas y marginadas. En el mundo oriental el gesto de compartir la mesa, expresa una relación de confianza total que se explaya en la paz, la fraternidad, y el perdón. A esto hay que añadir además que, entre judíos, la comida implicaba una comunidad ante Dios. La literatura del Qumrám deja muy claro que la comunidad de mesa sólo estaba abierta a los “puros” .

Conviene dejar claro que Jesús no se solidariza con las personas excluidas por razones éticas. Jesús se ha puesto a su lado, no porque sean mejores o menos pecadoras, sino simple y sencillamente, porque “están fuera”, porque están excluidas de las condiciones de vida digna, y porque Dios actúa así.

viernes, 7 de agosto de 2009

LA JUSTIFICACIÓN POR LA FE DE Y EN JESÚS: GRACIA DE DIOS



¿Qué significa para usted esta frase de Pablo: “somos justificados por la fe de y en Jesús y no por la obras de la ley”?

Considerada como el “testamento de Pablo”, la carta a los Romanos nos expone de una forma más completa y ordenada su teología de la salvación. La carta se divide en dos partes: Rm 1-11 donde expone sus reflexiones sobre la salvación y Rm 12-15 en las que saca las consecuencias prácticas para la comunidad. El núcleo principal de la carta es Rm 1-8.

Veamos entonces que nos dice Pablo sobre la salvación en Rm 1-8.

Rm 1, 1-17 es una introducción en la que Pablo presenta el tema principal de la carta: El Evangelio de Jesucristo es para todos los pueblos, para toda la humanidad (Rm 1, 16). Cuando Pablo usa la palabra Evangelio no se refiere a un texto escrito, sino a una persona, Jesús, que con su muerte y resurrección nos salva.

Lea en este momento el texto Rm 1, 18 – 3, 20.

En este texto, Pablo expone cuál es la situación de la humanidad antes de la muerte y resurrección de Jesús. La lectura de este texto nos puede dejar desconcertados y confundidos. Toda la humanidad vive bajo el yugo del pecado que conduce a la muerte. El pecado es alejamiento de Dios, que Pablo describe mediante la imagen de la “ira de Dios”. El trasfondo de éste: los judíos pensaban que al cumplir la ley están más cerca de Dios y los pecadores son los demás, los que no cumplen la ley.

¿Usted cree que por asistir todos los días a misa y comulgar, por tener obras de caridad, por servir al pobre, etc., está más cerca de Dios? ¿Usted cree que sus obras le salvan y justifican ante Dios?

Pablo desautoriza este modo de pensar y afirma que “están todos bajo el pecado” (Rm 3, 20), tanto los judíos con su ley, como los paganos que adoran los ídolos.

En Rm 3, 21 – 2, 25, Pablo anuncia qué es lo que se manifiesta en el Evangelio: la “justicia de Dios”. Todos estábamos en pecado y todos somos salvados por Jesús; salvados no por las obras de la ley, sino por la justicia y el amor de Dios manifestado en Jesús (Rm 3, 23-24). La teología tradicional, ha reducido la Gracia a una “cosa” y al hacerla girar casi exclusivamente sobre la categoría del “mérito” (no ilegítima en sí misma, pero sí en su inflación excesiva, la cual impide mantener su cambio radical de significado cuando el ser humano la dice de su relación de Dios), acabó por convertir el tratado de la Gracia en un tratado de “pesas y medidas”.

Para explicar el efecto de la Gracia en el ser humano, o el efecto concreto de la victoria sobre el pecado, Pablo acuñó la palabra “justificación”. No resulta hoy un vocablo muy útil, porque la justificación suena casi siempre a excusa o disculpa ofrecida ante las demás personas y que, por tanto, impide la condena o la falta de aprecio de la gente. Y es un dato innegable que la vida de los seres humanos es una búsqueda constante o un tejido continuo de tales “justificaciones”: el ser humano es necesidad de justificación, aun al margen de si las justificaciones que él asigna son objetivamente válidas y verdaderas.

Pero, en realidad, no era ése exactamente el significado paulino del término, el cual, no obstante, es comprensible para nosotros etimológicamente; pues justificar equivale a “hacer justo”, en el sentido más amplio de la palabra. Una persona “justificada” es, por tanto, una persona “buena”, cuya bondad no resiste todos los “controles de calidad”. La justificación paulina es, pues, la transformación de la persona, de inhumana en buena y, por tanto, en plenamente humana.

Esta aproximación al término “justificación” nos permite comprender también que, en el horizonte semántico moderno, puede sustituirse por “realización humana”, “humanización”, “rehabilitación”, “perdón”, “liberación” (de la inhumanidad de la persona), “regeneración”, etc. No obstante, es preciso reconocer que no tenemos hoy una palabra que sustituya unívoca y adecuadamente (y pedagógicamente) a la antigua justificación.

La Gracia, pues, comienza con la transformación del ser humano “justificándolo”, si bien esa justificación debe ser entendida como algo histórico que, a la vez que ya está, ha de desarrollarse. En Rm 5 – 8, Pablo intenta perseguir experiencialmente ese desarrollo.

Rm 5, 1-21 es el centro nuclear de la carta. Aquí el lenguaje de Pablo cambia radicalmente, ya no habla de la “ira de Dios”, sino del “amor de Dios” (Rm 5, 5); ya no dice que estamos alejados de Dios, sino que “estamos en paz con Dios” (Rm 5, 1); ya no habla de una situación de muerte, sino de vida (Rm 5, 18). Este cambio se debe al gran acontecimiento salvador: la muerte y resurrección de Jesús que nos reconcilia con Dios (Rm 5, 10-11).

Rm 6, 1 – 8, 17. Si antes Pablo habló de la humanidad antes de Jesús, ahora habla de la comunidad después de la muerte y resurrección de Jesús y hasta la salvación final. En estos textos Pablo habla en primera persona del plural: “nosotros”, se refiere a la comunidad, que después de haber sido justificada por la fe en Jesús, recibe el Espíritu para vivir una “vida nueva” (Rm 6, 4), como “hijos de Dios” (Rm 8, 14-17); es un tiempo de lucha interior contra las fuerzas del pecado (Rm 7, 21-23).

En Rm 8, 18-39, Pablo nos habla de la esperanza (Rm 8, 24). No sólo la comunidad sino toda la creación aguarda, con dolores de parto, el tiempo de la liberación definitiva (Rm 8, 22). Y termina con un himno al amor de Dios (Rm 8, 31-39), es un texto que cierra el arco que se abrió en Rm 5, 5. Hemos de notar que Pablo no predica una esperanza evasiva, ni una espiritualidad alejada del mundo. Cuando habla de esperanza menciona el hambre, la persecución, los peligros y sufrimientos que la comunidad padece, porque ser justificados no significa que desaparecen todos los problemas; pero la comunidad tiene la certeza que nada ni nadie le separará ya del amor de Dios, ese amor que libera (Rm 8, 35a).

En pocas palabras, se presenta la Gracia en el ser humano como un proceso de liberación DE (liberación del pecado, de la Ley, de lo anticuado y obsoleto, etc.). Nos recuerda el carácter histórico de esa liberación y, por eso, su experiencia contradictoria: el ser humano se siente, a la vez, libre y esclavo. Y, finalmente, presenta la transformación producida por la Gracia como una liberación PARA (para las obras del Espíritu de Dios -y, por tanto, de los hijos de Dios- y no del falso espíritu humano).

¿Qué exige al cristianismo en América Latina pronunciarse sobre la justificación por la fe?
Básicamente, exige tener como punto de partida la vida actual de los pobres y excluidos, y en relación a estos, la vida de los demás. El pobre hace referencia al oprimido, al débil, al hambriento; al marginado, rechazado, deslegitimado, indigno, humillado, impotente, insignificante; al sujeto excluido en el plano económico-cultural.

Ante el gran desafío de la exclusión creciente de grandes sectores de la humanidad al acceso de las necesidades básicas, indispensables para vivir dignamente, ¿qué tiene que decir la justificación por la fe?

En estas sociedades donde el mercado tiende a regular las leyes, hay libertad para que todos participen, pero obviamente no son muchos los que tienen medios para hacerlo. Estos, que son la mayoría, quedan excluidos, y su vida se torna permanentemente amenazada. El costo social de este sistema es tan grande que teólogos y economistas develan su carácter idolátrico porque exigen el sacrificio de vidas humanas.

En Latinoamérica necesitamos pensar a partir de la propia humanidad negada, con los no-persona, que Gustavo Gutiérrez los define como “aquellos no considerados como seres humanos por el actual orden social: clases explotadas, razas marginadas, culturas despreciadas -donde la mujer de esos sectores es, doblemente explotada, marginada y despreciada. De acuerdo a la experiencia, muy frecuentemente la vida en la marginación carcome espacios íntimos de la persona hasta hacerla indigna e insignificante, frente a sí misma, frente a los demás y hasta frente a Dios. El sentido de la vida desaparece en el horizonte.

¿Qué hacer entonces, ante la el hambre y la insignificancia que desafían la doctrina de la justificación de la fe?

Al mencionar la vida de los pobres, el tema de la justificación pasa necesariamente por otra lógica distinta a la conocida. La existencia de los pobres nos indica también que hay seres responsables de su existencia. Lo que se quiere decir es que un acercamiento orientado hacia la afirmación de la persona se vuelve indispensable en un contexto donde los rostros de los seres humanos han sido deformados por la pobreza, la violación de sus derechos y la humillación.

Si lo que amenaza la vida de los seres humanos es pecado, hoy día éste se percebe como un poder indestructible. San Pablo lo percibió así en su historia, como un mecanismo tejido bajo la injusticia, que hace de todos los humanos sus esclavos, los que dirigen sin Dios el destino de la historia, y los dirigidos por aquellos. Es un sistema que amenaza la vida de muchos, de la gran mayoría.

Es estudio de la justificación como afirmación de la vida ha de tener el rostro peculiar del pobre, no solo su opresión económica, sino también, su dignidad negada como ser humano.

Busque y lea Rm 5, 1-12. ¿Cuál es la idea principal de este texto? ¿Qué quiere decir la palabra “justificación” en la teología de Pablo? ¿Cuál es, para Pablo, la prueba de que Dios nos ama? ¿Qué significa, para Pablo la “fe en Jesucristo”? ¿Se trata de fe sólo de palabras? ¿Por qué?
Comparando este texto con Rm 1, 18 – 3, 20, ¿qué diferencias encuentra? ¿Qué aplicación concreta da usted a la teología de Pablo en nuestra realidad?

“No es el esfuerzo humano, no es la Ley; es un dádiva de iniciativa gratuita de Dios, justifica a quien el quiere, no a una que quisiera por su propio orgullo subir hasta Dios ¡Imposible! Sólo Dios llama a esta justificación. Pero ese Dios no es un Dios que no lo podamos encontrar. Esto es lo más bello: que Dios se hizo hombre y salió por los caminos para encontrarse con ellos. En Cristo está la justificación de Dios. Cristo es el Dios que perdona, el Dios que justifica. Cristo es el Dios que ha venido no a condenar sino a perdonar. A nadie excluye” (Monseñor Romero, Homilía 11 de junio de 1978).

¿Cómo explica Monseñor Romero la justificación? ¿Cómo podemos traducir esta doctrina de la justificación a nuestras vidas?